02 septiembre 2020

Una amiga, politóloga

Es la primera vez que me toca hacer esto. Creo que nunca te podés preparar para semejante noticia. Menos para que, quienes cada tanto escribimos algo para compartir, tengamos que hacerlo con una triste. Hoy, miércoles 2 de septiembre al mediodía, falleció Paola De Simone. Profesora mía hace varios años, colega y compañera de trabajo hoy pero, sobre todo, una amiga.

Cuando algo así pasa uno se pone a pensar en todo. A mí me pasó que no puedo todavía creer que el contacto cruzado con ella hace pocos días fue que seguía tos. Tos. Uno piensa, “bueno, es tos. Pasa”. Esta vez no pasó. A ella se le vino encima esta pandemia y se le mezcló con otras complicaciones. Este virus no mide. Ni con ella, ni con nadie.

También pasa, cuando algo así pasa, que uno recrea para atrás todo lo que esa persona significó para en nuestra vida. En nuestra disciplina hay como una tradición para contar todo lo que hizo en términos profesionales. Creo que quienes la conocieron saben bien toda esa historia, no me tienen que leer.

Yo quiero compartir la fortuna que tuve de conocerla personalmente y entonces poder afirmar que cada estudiante que pasó por sus aulas, cada colega que compartió un proyecto con ella, cada compañero que la tuvo en su oficina se llevó consigo su calidad humana. Humana, por sobre todo lo demás.

Paola era politóloga, profesora, maestra, colega, profesional, todo de primera. Podías hablar sobre cualquier tema político que se te ocurriera, desde el municipio más ignoto hasta el conflicto internacional más peligroso. Podía con todo. Pero primero que todo era persona.

El “no” no era algo usual en ella, siempre había algún re-truco. Hace poco me tocó compartir una actividad virtual con ella. En el medio, ese maldito Internet que se te traba en cuarentena la hizo cambiar de lugar de la casa, pasando por cuanta situación cotidiana se imaginen en el medio. Eso fue con una sonrisa. Eso era ella, una sonrisa siempre, frente a cualquier desafío o dificultad.

Esta vez me toca demasiado cerca algo que por ahora era solo un número, una noticia, un título, una crónica. A mí y a todos los que la conocimos, los que hablamos, los que la escuchamos, los que compartimos con ella. Para todos nosotros, Paola no es un número más en esto. Hasta el mismo día de ayer estuvo dando clase con tos. Si, con tos. No pasó.

Ella siempre podía con todo. Siempre con una sonrisa. Siempre con un re-truco. Siempre con más. Esta vez no pudo. Te vamos a extrañar, Pao. Mucho. Adiós, amiga politóloga. 

15 agosto 2020

Ser oposición

Esta ya es más reciente y la última que quedó pendiente de publicar en el mundo leviatánico. Aceptada la cuarentena pandémica como normalidad, la grieta se despertó de su siesta. En cierta medida volvió, aunque nunca se fue. A partir de ahí me metí con el mundillo de Juntos por el Cambio (ex Cambiemos) para pensar coaliciones que dejan el gobierno y pasan al desierto de la oposición. Ese cambio de perfil siempre genera desafíos y oportunidades, pero también límites internos y problemas autogenerados. Debut en El Canciller, con el aval del compamigo Robbiegol. Circuló bien, lo cual siempre es bueno.

Ser oposición

Facundo Cruz

@facucruz

Politólogo, Coordinador Académico del Departamento de Gobierno (UADE)

Ser oposición no es fácil. Cambia la diaria de manera drástica. Ya no se tienen las riendas, ni la chequera, ni los fierros. Ya no sos la primera noticia del día. Ya no te llaman los líderes mundiales para lograr acuerdos. Ya no te queda agenda propia más que la reacción a la del otro.

Oposición se hace, no se nace. Y a Juntos por el Cambio le está costando. No están solos. La historia reciente está plagada de ejemplos de coaliciones de gobierno que pasaron a ser oposición y cuyos aliados, socios y miembros fundantes trataron de mantenerse unidos en el mediano plazo. Trataron.

El primer problema, central en este proceso, es estructural y es el más importante: la Presidencia ordena. La conducción puede tener muchos estilos distintos, pero sentarse en Balcarce 50 permite que los aliados atiendan el teléfono, asienten y apliquen, aunque lo hagan a regañadientes. La chequera y los fierros aceitan.

Mauricio Macri no está solo. Todos los y las expresidentes tienen dificultades por mantener a los propios sentados en la mesa una vez que terminan su mandato. Más difícil aún con una coalición, que de base tiene al menos dos mesas. El olor a poder mantiene unidos a los socios. Cuando es fuerte, se quedan juntos. Cuando se diluye, se alejan.

El segundo problema que tiene Juntos por el Cambio radica en la alteración de sus propias reglas de funcionamiento. A Cambiemos le rindió mucho el esquema de normas informales que definió para funcionar en las elecciones 2015 y en el primer tramo del gobierno: decisiones colectivas, distribución de funciones y respeto por los espacios ajenos. Las encuestas y las elecciones 2017 mantuvieron el esquema. Pero en 2018 cambió todo, reglas, funciones y respeto incluidos.

Y si hablamos de reglas hablamos de mesas, no de  su armado sino en su estabilidad. El grave error de Cambiemos en la segunda etapa del gobierno fue la modificación constante y cotidiana de todas las mesas de decisión que quiso armar. Hasta el nombre cambiaron. Hoy en día Juntos por el Cambio sigue buscando el esquema que mejor les calce a todos.

El tercer problema es consecuencia del primero y del segundo: liderazgo y confianza. O su falta de. Sin Balcarce 50 ni reglas claras y con mesas cambiantes, la principal coalición opositora en Argentina pareciera no encontrar un rumbo claro. Su proceso formativo fue producto de una complementariedad estratégica: cada uno aportó lo que el otro no tenía. El PRO puso al candidato, la UCR el territorio, la CC-ARI no dividir el voto metropolitano (otra vez). La maratón 2021/2023 es muy distinta: el PRO no tiene un solo candidato, la UCR tiene un territorio descoordinado y la CC-ARI tiene bancas pero no líder con votos. Menudo escenario, cada uno tiene que ver qué le aporta al otro.

Es difícil ser oposición. Como dije, Juntos por el Cambio no está solo. A la Concertación en Chile le costó dejar 20 años de gobierno, todas las mesas separadas, y una merma de votos y bancas por izquierda. El Frente Amplio tiene que renovarse luego de 15 años de oficialismos, con todo el sistema de partidos enfrente gobernando. En Brasil el huracán Jair Bolsonaro se llevó puesta la (ya de por sí) frágil coalición que sustentó a Lula y Dilma Rousseff durante 16 años, y que hoy sigue tratando de armarse.

Hoy parece que a Juntos por el Cambio solo lo sostiene la lejana imagen del 40%, las cercanas PASO y la dinámica competitiva bicoalicional del sistema. Mientras halcones y palomas se zoompelean, cruzando la calle el Frente de Todos en modo gobierno, y con sus propios problemas de coordinación, empieza a mostrar su agenda no pandémica. El débil equilibrio entre hacer pesar las bancas legislativas (sobre todo en la Cámara de Diputados) y colaborar con la gobernabilidad, entre tensar la cuerda y aflojar, entre polarizar y moderar, puede no ser la mejor estrategia en la búsqueda de una innovadora identidad. Solo aflora las siempre presentes tensiones internas.

El tiempo corre. Ser oposición cuesta, y se nota. 

Chile, el mejor alumno que tiene para aprender

Esta me quedó atrasada para publicar acá. El despelote regional también tuvo a Chile como uno de sus principales exponentes. El “Octubre Rojo” puso la alerta sobre la modernidad, estabilidad y solidez del modelo trasandino. Se cayeron varias cáscaras y adentro apareció vacío. Salimos con una colega a plantear aristas de análisis. Gracias de vuelta a Fabián Bosoer por el espacio en el diario popular.

Chile, el mejor alumno que tiene para aprender

Facundo Cruz – Constanza Mazzina

En los últimos años fue recurrente escuchar hablar de Chile como el país modelo de la región, que contaba con políticas de Estado, a largo plazo, cuyo crecimiento igualaba a los países de la OCDE y que tenia indicadores de transparencia y libertad ajenos al de sus vecinos del cono Sur, con la excepción de Uruguay. El mejor alumno latinoamericano. Así, Freedom House ha calificado a Chile como un país libre, en una escala de 0-100, donde 100 es totalmente libre, Chile alcanza los 94 puntos en 2018 y Uruguay los 98. El resto por debajo, algunos muy lejos. El apoyo a la democracia, según datos de Latinobarómetro, se ha mantenido entre el 55 y 58% en estos años. La pobreza descendió de casi 40% al 10%. Entonces, ¿por qué el estallido? ¿Por qué las primeras planas mundiales?

Como muchos fenómenos sociales y políticos, las causas son múltiples. Es complejo, pero podemos destacar tres factores: la desigualdad, la trampa de los ingresos medios y un sistema político que comprimió hasta hace poco.

El primero choca contra los niveles de crecimiento sostenido y la reducción de la pobreza. Si bien esto último es cierto y los datos lo demuestran, este salto a niveles de primer mundo está desigualmente distribuido. Chile ha sido exitoso en la reducción de la pobreza, pero esto no produjo una distribución del ingreso más equitativa. Un informe del PNUD del 2017 señala que “la desigualdad es parte de la historia de Chile y uno de sus principales desafíos a la hora de pensar su futuro”. Es estructural y acá viene el primer reclamo ciudadano de estos días: ninguno de los gobiernos democráticos ha revertido la situación. Ni los 20 años de la Concertación ni el último gobierno de Michelle Bachelet. Una deuda pendiente enorme.

Chile crece a tasas asiáticas y alcanza niveles de consumo europeos, pero no su igualdad distributiva. Si tomamos el Índice de Gini, que mide la distribución de la riqueza entre 0 (igualitario) y 1 (desigual), vemos una evolución favorable para el país trasandino: desde el retorno a la democracia pasó de 0,56 a 0,46 en 2017. Esto lo ubica cerca de Perú (0,43) y Bolivia (0,44), pero lejos de Argentina (0,39), Uruguay (0,41) y de los más igualitarios como Islandia (0,27), Noruega (0,27) y Dinamarca (0,28). Crecimiento sin distribución no es desarrollo.

El segundo factor fue resaltado por Juan Negri el año pasado. El ensanchamiento de la clase media se choca contra una realidad en la que sus aspiraciones no se concretan. Esto implica que hay una clase media aspiracional que se encuentra frustrada, que no ve que su calidad de vida mejore, sino que se encuentra estancada. Como también lo sintetizó Patricio Navia, “los chilenos están frustrados porque están en las puertas de la tierra prometida pero no los dejan entrar”. En Chile, pasaron, vieron luz, quisieron entrar y quedarse. Ahora la puja distributiva los está forzando a salir. Los sectores medios suelen ser los más dinámicas de una sociedad y han sido el motor del crecimiento sostenido. Ahora, piden más. La demanda de mayor intervención estatal, mayor política y mayor distribución es empujada por los estudiantes secundarios y universitarios que ven en sus padres el freno de los sueños no cumplidos. La juventud parece tomar nota que sus aspiraciones de tener una mejora en sus niveles de vida no se concretan. Es con más Estado y menos mercado.

El tercer punto son las señales del sistema institucional. El cambio vino con la modificación de la obligatoriedad del voto. En la década del ’90 y principios del 2000 rondaba el 90% del electorado. Pero en las últimas elecciones del 2017 participó el 46,7% del electorado en la primera vuelta, y el 49% en la segunda. Las elecciones del 2013, debut del voto voluntario, mostraron niveles similares. La apatía ciudadana fue una señal no detectada por la elite política.

A esto se suma que hace pocos años, en el 2015, Chile, reformó su régimen electoral, dejando atrás un sistema binominal que durante muchos años había sido denunciado como una barrera antidemocrática ya que impedía el surgimiento de fuerzas políticas alternativas. El sistema binominal implantado por Pinochet aseguró la transición y la gobernabilidad durante 25 años, pero no favoreció el recambio dirigencial.  Así, la implementación del nuevo sistema electoral que debutó hace 2 años sumó renovadores y distintos a los mismos de siempre. La aplicación de un mecanismo de conversión de votos en bancas basado en el método D'Hondt de representación proporcional con magnitudes medianas favoreció el ingreso de nuevos partidos políticos, con dirigentes jóvenes y con proyección política futura. Muchos de ellos provenientes del mismo movimiento estudiantil que reclamó por mejores condiciones educativas en 2006 y 2011, como es el caso del Frente Amplio. Esta reforma, si bien descomprimió la oferta política, no vino asociada de una mayor participación, sino todo lo contrario. Esta contradicción fue la alerta final.

El escenario futuro es algo incierto. La clave para destrabar el conflicto radica en la capacidad de una dirigencia política que no supo leer la legitimidad del reclamo a tiempo ni pudo interpretar las demandas con racionalidad de estadista. Pero que ahora los tiempos urgen velocidad y reacción empática. Los tres factores fueron señales no escuchadas. Ahora el desafío es que oficialismo y oposición recuperen el vínculo social que hicieron de Chile el mejor alumno, pero que todavía tiene para aprender. 

Un politólogo en medio de una cuarentena

La segunda nota pandémica fue sobre la disciplina nerd. A pedido de la universidad quisimos reflexionar sobre qué hacemos nosotros. Acá ya se pelotearon ideas al respecto, también acá y acá. Este tándem politológico se metió con nuestra profesión: las salidas, las entradas y las posibilidades. Porque si algo no nos falta es innovación. Publicada en la web oficial. Salió un debate piola con su difusión.

Un politólogo en medio de una cuarentena

Facundo Cruz

Coordinador Académico de la Lic. en Gobierno y Relaciones Internacionales

Gastón Pérez Alfaro

Docente Funcional Departamento de Gobierno

Un politólogo es un apasionado, de eso no cabe duda. Piensa en política todo el día, todo el tiempo. Pero tiene una dificultad y es explicar qué hace y para qué. Cuando queremos aclararlo dejamos a la mayoría en un gris. Nos escuchan con atención, pero no siempre nos siguen. Nos tratan de entender, pero no siempre comprenden. Tratan de imaginarse nuestra diaria, pero no siempre lo logran.

Acá venimos a decirles que un politólogo también es útil. Y podemos serlo en medio de una crisis. ¿Qué mejor momento para idear la salida a esta situación que aprendiendo de otros países? ¿Alguien empezó a pensar en la reconstrucción post pandemia? Si esto ya pasó antes en la historia, ¿qué aprendimos para mejorar hoy? Un politólogo puede tener respuestas a todas esas preguntas, y más.

Entonces: ¿a qué nos dedicamos? Podemos sintetizar nuestra profesión en tres grandes tareas agrupadas en cuatro grandes áreas profesionales: analizamos, describimos y explicamos; diseñamos e implementamos; discutimos, evaluamos y mejoramos. Esto lo hacemos todos los días, todo el tiempo. La actual pandemia mundial nos sirve como crisis disparadora. Igual, preocúpese: también somos útiles en tiempos de estabilidad.

Gran parte de nuestra formación universitaria y de posgrado nos entrena  en detectar problemas, identificar variables que intervienen, describir procesos complejos, analizar actores y llegar a conclusiones sobre posibles escenarios. No, no predecimos, pero sí nos concentramos en desarrollar las mejores herramientas y estrategias para repetir ese proceso metódico una y otra vez para incidir en la realidad. A la larga, eso es hacer ciencia.

La dificultad que tenemos es que nos enfrentamos a un desafío que otras disciplinas no tienen: estudiamos el poder, sus usos y resultados. Y el poder depende de personas. Aprendemos con eventos, sucesos y fenómenos que están en constante cambio. No la tenemos fácil.

Estas tareas son cotidianas para aquellos colegas que eligen la investigación académica y la docencia, la primer gran área de especialización profesional. Pero no se quedan ahí: es la base para la segunda y tercer área, la del trabajo en el sector público y privado. Si, podemos trabajar tanto en el Estado como en las empresas. Ambos son espacios de toma de decisiones e intervención en la realidad cotidiana. Para lograr márgenes de eficiencia y eficacia, se necesita de información valiosa, procesada, con identificación de factores clave y de actores relevantes. Y, aun así, puede fallar con un Cisne Negro o con un virus incoloro.

Todos los gobiernos siguen un procedimiento a la hora de implementar medidas. La evaluación de la factibilidad en la toma de decisiones resulta clave para que presidentes, ministros y legisladores mantengan niveles de aprobación y apoyo ciudadano altos. Implementar políticas a bajo costo, le dicen en las casas de gobierno. Hoy en día es una máxima de supervivencia: la totalidad de los gobiernos del mundo están realizando este ejercicio diario para enfrentar la actual pandemia mundial de Covid-19. La mayoría mira a sus vecinos cercanos o lejanos para ver qué tal les fue. Eso es comparar, y lo podemos hacer muy bien.

Lo mismo ocurre con el sector privado, cualquiera sea su rubro. Si la rentabilidad, las inversiones y la facturación son principios rectores, entonces necesitan información política procesada. La mayoría de los actores privados ven crujir las tensiones en sus directorios al ponderar los escenarios futuros que enfrenta cada actividad productiva. Acá tendemos puentes: podemos facilitar la interacción entre el sector público y privado, teniendo siempre en cuenta el contexto global, regional y nacional. Eso también se los podemos dar.

Una cuarta área puede agruparse en torno al denominado tercer sector: las ONG, fundaciones y asociaciones no lucrativas. Diferenciadas del sector privado y del público, esta amalgama de organizaciones vela por el desempeño de ambos. ¿Quién diría que acá también podemos aportar? En estos espacios nos especializamos en entender experiencias en otras partes del mundo, en pensar las posibilidades de aplicación en nuestras localidades, provincias y países, y en hacer recomendaciones para el correcto desempeño de Estados y empresas. Podemos, en definitiva, diagnosticar, evaluar y sugerir oportunidades de mejora. La comparación sigue siendo nuestro ariete.

Si, las crisis también son oportunidades. La actual nos ayuda a pensarnos profesionalmente. Los politólogos y las politólogas tenemos aportes para hacer. Tal vez desde los márgenes del mercado, pero sabiendo que la versatilidad y la capacidad de adaptarnos nos posiciona en el mundo.

Si, tenemos para decir y hacer. Mucho. 

Cuestión de Estado

Parece que fue hace años que dictaminaron la cuarentena por la pandemia de Covid-19. La normalidad te lleva a pensar que fue hace banda. Bueno, no fue hace tanto, solo algunos meses. En pleno encierro, cuando andábamos viendo cómo nos acomodábamos todos y el alcohol en gel era un bien suntuario, nos sentamos con una Gringa a pensar el problema macro. Nos metimos con el Estado: en el centro de la escena, el definidor de las reglas, el que marca el timing y el que (no) puede atajar el bicho. Creo que no le pifiamos tanto. Salió en Cenital, con el apoyo de Iván y Juano. Me gusta cuando escribimos juntos, ya tenemos dinámica de pareja.

Cuestión de Estado

Lara Goyburu (@LaraLin78)

Facundo Cruz (@facucruz)

La pandemia producida por el Covid-19 llegó demasiado rápido. Nadie tuvo tiempo de prepararse. Los gobiernos han corrido detrás del problema y nunca llegaron a ponerse adelante. La veloz expansión dejó solamente el aprendizaje vecino para ejecutar prueba y error de manera constante. Mientras tanto, demandamos diariamente, semana a semana, soluciones rápidas a un problema invisible.

El Coronavirus puso en el centro de la escena al Estado. Otra vez, el Estado. No fue el mercado el encargado de salir a ofrecer soluciones. Nunca pudo haberlo sido y esto es lo irónico de la situación: todas las instituciones que los estudios internacionales mostraban que perdían sistemáticamente la confianza de la ciudadanía son hoy las vitales para contener la pandemia. A las sociedades las sostiene el Estado, no el mercado. Si la conectividad internacional generada por la globalización fue uno de los factores de la rápida expansión del virus, los gobiernos con sus herramientas estatales terminaron siendo los responsables de salir a atajarlo. Día a día de definiciones por penales.

En estos 3 meses hemos visto que todas las reacciones a este problema mundial han sido nacionales. Los ámbitos de cooperación internacional han quedado presos de las resoluciones individuales, limitándose únicamente a hacer llamados a la solidaridad comunitaria pero sin poder aportar soluciones concretas ni fondos suficientes. Tan solo la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha intervenido activamente, pero a partir de expertise, conocimiento técnico y recomendaciones, sin inyección de recursos. Los recursos son de los Estados. En esta primera etapa la prueba y el error es nacional; en una segunda etapa vendrá la cooperación internacional para la reconstrucción. Para eso aún falta, y bastante.

Si el Estado está en el centro de la escena, entonces el debate pasa a ser sobre sus capacidades. Los 195 leviatanes tienen las mismas funciones a cargo, pero disímiles recursos, formación, habilidades, herramientas y fondos para enfrentar un problema que es global. Compartir conocimiento ayuda, coordinar acciones contribuye y recibir asistencia auxilia, pero los Estados están solos con lo que tienen frente a la pandemia.

Un problema adicional se suma con las denominadas zonas marrones: regiones donde el Estado no llega con su autoridad y las riendas para ejercerla son tomadas por grupos privados con recursos propios. Si las autoridades oficiales no aplican, ni deciden, ni logran entrar, ¿quién protege? El ejemplo más claro y reciente fue la decisión del PCC (Primer Comando da Capital) en Brasil de implementar por su propia cuenta medidas contra la expansión del Coronavirus en las regiones que controla. Escenarios similares, pero sin presencia de grupos privados, pueden ser foco potencial de rápida expansión del virus sin las medidas de contención apropiadas. El Estado, siempre es el Estado o su ausencia.

Las primeras semanas demandamos eficacia en las decisiones. Reclamamos reacciones rápidas con resultados concretos, necesarios y urgentes. Relegamos a un segundo plano el deseo liberal de disfrutar de nuestra libre circulación para poner la seguridad individual y comunitaria en el primer plano. Hobbes le ganó a Locke y la salud a la república. Pero ahora se viene un segundo momento: evaluar la efectividad de esas decisiones. Aquellas zonas donde el Estado no pudo penetrar previamente se caracterizan por contar con menos recursos económicos y simbólicos, con una alta concentración y aglomeración de personas en preocupantes condiciones habitacionales. Estos son los focos importantes que contener para evitar la propagación del virus. No solo en términos de salud y prevención, sino en cuanto a actividad comercial, seguridad individual y supervivencia familiar.

Un simple ejemplo diario. La economía de estas zonas no está digitalizada, sino que se mueve cotidianamente a través del billete. Para superar la diaria se necesita dinero y solo se acepta en papel o en metal, algo que la propia OMS rechaza en este momento. Las largas colas en cajeros vistas el viernes pasado en municipios cercanos a la General Paz muestran esta tensión: al cruzar la autopista hacia tierra porteña Mercado Pago y el postnet afloran, pero no del otro lado. Esas también son zonas marrones.

Cuando la cadena de pagos que hace mover a la economía se corta donde no hay un resguardo en la autoridad pública, la soledad prima. No todos los Estados estarán entonces en las mismas condiciones para enfrentar este escenario. Así como Recoleta tendrá más herramientas y posibilidades de enfrentar el pico de la curva que Villa Lugano, Canadá las tendrá respecto de la Argentina.

Si, la pandemia llegó demasiado rápido, mientras seguíamos dentro de una grieta que generó más preguntas que respuestas. Nos agarró a todos de sorpresa. Cuando nos percatamos de que la pandemia se volvió un asunto grave, el Estado tomó el volante y cambió el lema: hacer lo imposible con lo posible y que pase la torm 

Una jugada de ataque

Si dos entradas más atrás hablamos de las inestabilidades de la región, el #EvoGate en Argentina sumó un poquito más a la trama. Asumido el Frente de Todos como gobierno, Evo Morales fue recibido como asilado político. Se despertó una polvareda en el país, con tantos vítores como maldiciones. Salió esta nota en TN.com.ar analizando la jugada de Alberto. Lo interesante es que fue el antecedente de un giro en la política exterior hacia la región y el preludio de otras acciones más atrevidas. ¿Vieron que no todo son coaliciones y elecciones?

Una jugada de ataque

En sus dos primeros días de gobierno, Alberto Fernández movió sus piezas con dos hitos de política internacional. El primero fue el miércoles al mediodía, al almorzar con los delegados del gobierno de Donald Trump. El segundo fue ayer jueves, al recibir a Evo Morales como asilado en Argentina y comenzar a tramitar su pedido de refugio político en el país. Una para cada lado.

Sin dudas el arribo del líder del MAS a tierra patria es una jugada que mueve el tablero político regional. Y es de ataque. El golpe sufrido por el gobierno de Evo hace unos meses derivó en una situación de inestabilidad social, política, económica e institucional interna que aún no parece encontrar una base sólida para las nuevas elecciones presidenciales que deben ser convocadas. A eso se suma un aumento de las tensiones entre quienes asumieron el gobierno provisional de Bolivia y los referentes masistas con declaraciones cruzadas, persecución política y pedidos de proscripción. Que Evo esté en Argentina incomoda a Jeanine Yañez y sus principales apoyos.

Pero no son los únicos. Los gobiernos norteamericano y brasileño ya miran de reojo con mala gana. En primer lugar, por las mutuas coincidencias al denunciar el populismo de los recientes gobiernos progresistas de la región, de los cuales Evo Morales es uno de sus más fieles exponentes. En segundo lugar, por ser actores vitales de apoyo para sostener a quienes impulsaron la caída del MAS en Bolivia, tanto en términos ideológicos como políticos y económicos.

En esta partida de a cuatro, el Frente de Todos tiene que lograr un balance. La recepción de Evo marca sin dudas una toma de postura clara en torno al conflicto boliviano que va más allá de la mera interpretación sobre golpes, caídas y transiciones. Busca posicionar a Argentina nuevamente dentro del grupo de países progresistas de la región: que el Grupo de Puebla sea una plataforma política para el futuro. Pero, al mismo tiempo, tiene que contener y mantener aceitados los vínculos con Estados Unidos por la sencilla razón de que es un apoyo clave para renegociar y reestructurar la deuda Argentina. Sin Trump no hay acuerdo.

Esta situación tiene tres condimentos adicionales que movilizan el tablero. El primero: Evo Morales es el jefe de campaña del MAS para las próximas elecciones presidenciales. El segundo: Argentina está más cerca de Bolivia que México. El tercero: en nuestro país viven poco más de 345.000 bolivianos. Son la segundad comunidad extranjera más grande en nuestro país (después de la paraguaya) y la mayor en el exterior. Hay una estrategia.

Adicionalmente, en términos legales el sistema argentino de refugiados no prohíbe expresamente realizar declaraciones o actos políticos. La Ley N° 26.165 no establece esta prohibición para quien recibe la condición de refugiado de parte del Estado Nacional. Así pueden leerse las declaraciones de Felipe Solá, Canciller argentino, al solicitar a Evo Morales extrema cautela en su estadía en nuestro territorio.

La jugada, si bien fue de ataque, no debería ser una sorpresa. ni tiene que ser atribuida exclusivamente a Cristina Fernández de Kirchner. El Presidente Fernández fue un actor clave en la construcción de los vínculos políticos con los gobiernos progresistas de la década del 2000 durante su desempeño como Jefe de Gabinete de Néstor Kirchner. Adicionalmente, existen múltiples puentes formales e informales entre el Frente de Todos y el MAS. Si había un lugar de la región donde iba a estar Evo Morales después del 10 de diciembre era Argentina.

Alberto Fernández ya movió un alfil, pero por ahora debería retener a la reina.

Facundo Cruz, Coordinador Académico de la Licenciatura en Gobierno y Relaciones Internacionales (UADE)