11 diciembre 2017

#Diagonales.com Desensillar hasta que aclare

Peronismo en la oposición (nacional). En democracia. Raro. Porque durante la democracia imposible de 1955-1983 sobró análisis. Pero en democracia, poco acostumbrados. Ese hecho, a veces, fortuito. Que deriva en la máxima periodística de su inevitable desaparición.
Exagerados, para variar. Lo bueno fue que en el sitio Diagonales.com preguntaron si queríamos dar desde acá un debate. A nuestro juego nos llamaron. Renovación dirigencial y renovación de contenido. Los dos pilares. La nota publicada original, como siempre, acá.

Desensillar hasta que aclare

Facundo Cruz (@facucruz), Politólogo (UADE), Profesor (UBA-UTDT) y Magíster (UNSAM). Tiene un hijo que se llama El Leviatán A Sueldo que cuida cada tanto.

El Peronismo se encuentra en una nueva fase de renovación. La segunda desde la vuelta a la democracia. La disputa es entre el interior y la Provincia de Buenos Aires. Pero también hay nuevos desafíos electorales: una nueva generación que no conoce sus tres banderas históricas. Por eso, la renovación de este período es doble: dirigencial y de contenido político.

Si hay algo que ha atravesado la historia del Peronismo como movimiento político es el debate sobre su organización. Debate que aflora no tanto cuando ocupa el gobierno nacional, sino más bien cuando eventualmente le toca el rol de oposición. Pasó en los cortos e interrumpidos períodos democráticos entre 1955 y 1983. Le pasó en su primera vez, la que transcurrió entre 1983 y 1989. Volvió a pasarle con la aparición de la Alianza, pero solo por dos años. Y ahora, en medio de la olla a presión que implicó perder frente a Cambiemos en 2015.

El debate actual se centra en la máxima de que falta un proyecto nacional. Es cierto. Al Peronismo se lo estudia y analiza más críticamente en la oposición. Hoy en día parece más un cúmulo de dirigentes con estructuras provinciales, descoordinados y sin objetivos comunes, antes que un movimiento político con dirección común, funciones y, sobre todo, recursos.

El problema que enfrenta para encontrar estos elementos es la falta de Estado. El Peronismo fue el movimiento político del Siglo XX que mejor entendió cómo usar los recursos de poder para construir, hacer, replicar y acordar política. A la Renovación Peronista le llevó 6 años volver a ese ruedo. Hoy vamos recién 2 años y el mandato presidencial ahora es de 4 años que se pueden duplicar. Paciencia.

El otro punto en común con la primera vez es la falta de la Provincia de Buenos Aires. Se la extraña mucho. Tal como indicamos con Lara Goyburu, esa brújula que permite ordenar y marcar el norte al resto del país peronista hoy desorienta. Porque está ausente. Recuperarla puede ser el paso a paso de una secuencia bien pensada, planificada y ordenada.

Pero esta brújula es hoy un submundo de nuevas complicaciones. Es en territorio bonaerense donde más se siente la pelea por la renovación. Si en 1983 el problema eran los sindicatos, hoy lo es el Kirchnerismo por dos razones. Primero, que Cristina Fernández de Kirchner hoy tiene los votos de la Provincia de Buenos Aires, y se los sacó al Partido Justicialista. Segundo, porque la socialización política que empujó el Peronismo en los últimos 15 años la hizo el Frente para la Victoria, no el PJ. Esta nueva generación política es millennial, vive en las redes sociales y (si hay suerte) estudió las tres banderas históricas, nunca las vio. En esa generación Peronismo es sinónimo de Kirchnerismo. Hay entonces que recuperarlo, o buscar otro. Porque la frase “No hay peronismo sin Perón” tiene poco sentido para las nuevas generaciones. Para ellas, no hay Peronismo sin Néstor ni Cristina.

El problema es que nadie parece querer colaborar con su grano de arena. Perder la provincia implicó crear uno, dos, tres, muchos Peronismos. Como el sueño guevarista, pero dividiendo en vez de replicando.

Gustavo Menéndez quiere traer a Sergio Massa de regreso por la puerta grande, pero los gobernadores no quieren a sus diputados. Un bloque de diputados nacionales que puede llegar a unos 30 y otro de unos 20, cuándo podría ser uno solo de casi 50. Parece a propósito, y sí lo es. Hasta en la Legislatura bonaerense los imitan. Cuando la pelea con el Kirchnerismo la ganan en el Senado nacional, no ayudan a hacerlo en la Cámara de Diputados. Solo se contentan con ser la llave de la gobernabilidad. La garantía histórica de vigencia de nuestro sistema político.

Esto no es nuevo. La pelea de fondo se viene sintiendo desde el año 2010. La muerte de Néstor Kirchner trastocó la lógica de construcción política. Hasta entonces, el FPV-PJ que ganó en el año 2003 había respetado la regla interna de la coalición peronista: el candidato a Presidente juega en la nacional, arma en su pago provincial y deja a los demás que arrastran hacerlo en los suyos. Pero 2011 cambió mucho todo: la mesa de unos 20 y pico pasó a ser de solo 3 que armaron todo. Se la junaron.

Desde entonces, el Peronismo del interior espera sus chances para enfrentarse al Kirchnerismo más duro. El primer round fueron las legislativas del año 2017. El segundo serán las generales del 2019. Si se sigue el sueño guevarista, entonces lo más seguro es cuidar el pago propio. Volver al palenque. Reconocer a la nueva generación política. Y empezar a hablarle.

Aceptar la tesis de que hay que desensillar hasta que aclare, implica preguntarse si se acepta jugar a perder en la arena nacional, mientras se gana o resiste en la provincial. Esto nunca pasó en el Peronismo. Enfrente tiene a la primer coalición en la historia argentina que le disputa el conocimiento del uso del Estado para hacer política. Se armaron y ganaron. Pueden repetir en dos años.

Bueno, siempre hay una primera vez.                                                              


14 noviembre 2017

#ElGatoYLaCaja Mamá, quiero estudiar ciencia política

Siempre hablamos de los fenómenos. De los partidos. De sus coaliciones. De las elecciones. De los gobiernos. De los políticos. De sus ensaladas. De las Doñas Rosas. Y de los Leviatanes.
Bueno, hoy no. Hoy volvemos marcha atrás. Para hablar de todo eso, hace falta ciencia. Hacen falta herramientas. Hace faltan ideas. Hace falta cabeza. Esa cabeza no es una, son tres. Siempre es bueno que sean varias.
Yo tuve la suerte de encontrarme con cabezas más grandes que la mía. Y no es un chiste de primaria. Es cierto. Son más grandes. Y eso es bueno. Porque uno piensa más. Sobre coaliciones. Sobre políticos. Sobre gobiernos. Sobre elecciones. Sobre partidos. Sobre fenómenos.
Estos años de trabajo nos guiamos por muchas ideas. Pero siempre con las mismas premisas. Las que aprendimos. Y buscamos aplicar. Acá las desarrollamos. Y lo mejor: habérselo contado a una comunidad abierta para esto, que vive y crece del intercambio. Y que nos dieran bola 😊.
Reproducimos la nota publicada en El Gato y La Caja, que pueden leer el original acá. Este es nuestor homenaje al día a día que adoramos.
Mamá, quiero estudiar ciencia política
“En nuestra época no es posible ‘mantenerse alejado de la política’.
Todos los problemas son problemas políticos
y la política es una masa de mentiras, evasiones, locura, odio y esquizofrenia.”
George Orwell, La política y el lenguaje Inglés (1946)
Pensar la ciencia como forma de ver, no como área. Como cómo, no como qué. Recortar un pedazo de Universo y comprimirlo, tratar de modelarlo, explicarlo, predecirlo; sin restricciones ni prejuicios.
Cuando leímos ‘Vos, yo, la ciencia, pensalo’ nos sentimos menos solos en este mundo. Nos sentimos queridos. Como si hablara de nosotros, de nuestro día a día. Encontramos en un físico a un colega inesperado. Uno que describe su trabajo desde la regularidades y las cotidianidades que compartimos por sobre las que nos separan. Regularidades que tienen que ver con plantear hipótesis, definir variables, elegir métodos que testeen esas hipótesis, lograr que de los datos emerja discurso y no al revés. Porque resulta que los politólogos también podemos hacer ciencia.
¿Cómo? Buscamos regularidades en los fenómenos políticos y hacemos inferencias sobre sus posibles causas a partir de evidencia empírica, de datos. Datos que pueden ser abordados en términos cuantificables o categorizables. Así, conceptos como ‘tipo de régimen político’ pueden operacionalizarse (volverse ‘observables’, medirse) en una escala que va del 0 al 1, donde 0 es ‘autoritarismo’ y 1 es ‘democracia’. De esta forma, es posible ubicar los países en posiciones relativas unos de otros, tal como realiza el proyecto internacional Varieties of Democracy (V-Dem). También puede abordarse como un fenómeno con categorías ordinales: dictadura-dictablanda-democradura-democracia, lo que nos permite decir que un Estado cuyo tipo de régimen es una democradura es más democrático que una dictablanda, pero menos que una democracia. Para construir estos indicadores, los investigadores tomamos distintas fuentes, datos que provienen tanto de estadísticas oficiales (por ejemplo, electores habilitados para votar en cada provincia, el padrón electoral) como de leyes (podría ser el Código Nacional Electoral de nuestro país, Ley N°19945), discursos o entrevistas (como las que dan los candidatos durante campañas electorales), encuestas (sondeos electorales), o focus groups (entrevistas grupales donde se recogen percepciones, por ejemplo, sobre los candidatos). Información que ordenamos por medio de clasificaciones, taxonomías e indicadores existentes o que vamos construyendo nosotros mismos para encarar fenómenos políticos y sociales.
También estudiamos los casos o unidades donde se expresan o donde interactúan con otros: partidos políticos, gobiernos, congresos, sindicatos, organismos multilaterales, ONGs, votantes, ciudadanos, trabajadores, ministros, activistas, legisladores, presidentes, empresarios, gobernadores, elecciones, clase media, élites, pobreza, guerras, golpes de Estado, revoluciones, democracia. La lista es enorme, y también lo que podemos ver en aquello que la compone. Así, por ejemplo, observamos la distribución –en la enorme mayoría de los casos– desigual del poder, la forma en la que se toman decisiones, la relación entre unos y otros, la influencia de unos sobre otros, los procesos, los resultados, los impactos. Ordenamos, observamos, describimos y ensayamos explicaciones.
Es importante aclarar que, a diferencia de las ciencias ‘duras’, a nosotros nos toca bailar con un objeto de estudio intrínsecamente subjetivo. Poco se puede debatir sobre cuánto pesa la manzana con la que ensayamos nuestros experimentos de caída libre; sin embargo, bastante puede debatirse respecto a cuán democrático es determinado gobierno. Por eso mismo, el desafío es encarar nuestros estudios con la mayor rigurosidad metodológica posible, y nunca olvidando que a nuestra subjetividad como observadores (que también sufren las ciencias ‘duras’) se suma la propia subjetividad de nuestras manzanas políticas.
Ciencia hay una sola 
…y método científico también (aunque a veces sea menos metódico de lo que discutimos abiertamente). Esta tarea suele hacerse a través de dos caminos posibles: muchas veces, cuanto más sabemos de un tema, más preguntas tenemos. Estas preguntas tienden a tener respuestas tentativas (hipótesis) que guían la investigación. Cuando esto ocurre establecemos un camino lógico de pasos para poder, con evidencia empírica, testear estas hipótesis y saber si lo que pensábamos del fenómeno se condice con lo que la realidad nos ‘devuelve’. Este es el camino que llamamos deductivo. Pero no es el único. El camino inductivo, por su parte, implica que a medida que observamos y analizamos la realidad, vamos encontrando relaciones entre fenómenos que se repiten una y otra vez hasta generar un patrón y permitirnos postular algún nivel de generalización.
¿Dónde está la diferencia entre la ciencia política y la que practica nuestro colega físico, entonces? Hay una que es evidente: lidiamos con un objeto de estudio compuesto por seres que tienen agencia propia y subjetividad (y que, además, pueden dar cuenta de sus actos y sentimientos). Difícilmente una molécula de hidrógeno pueda estar triste por estar atrapada en un tubo de ensayo; más difícil todavía es pensar que esa molécula es introspectiva y puede dar cuenta de sus propios actos. Como todo científico que estudie personas –sus comportamientos, sus interacciones con otros y lo que de esas interacciones emerge–, nosotros lidiamos con generalizar actitudes de seres que se explican a sí mismos y están en condiciones de discutir nuestros hallazgos, aun cuando nuestras regresiones tengan el R cuadrado altísimo (cosa que, incluso así, puede fallar).
Hay otras tres cosas que los que estudiamos ciencia política necesitamos tener muy a la vista: la necesidad permanente de conceptualización de los fenómenos, la variedad de formas posibles en que se los aborda teóricamente y la variedad de métodos de control de hipótesis con que contamos.
A esta altura de la humanidad, estamos de acuerdo en que el movimiento rectilíneo uniforme no despierta demasiada controversia respecto de lo que es. En cambio, en ciencia política no hay una única manera de definir todos los fenómenos que estudiamos. No entendemos todos exactamente lo mismo acerca de lo que una democracia es, de si estamos ante un país democrático o de si uno ya dejó de serlo. Tampoco podemos ponernos completamente de acuerdo sobre si ‘lo de Dilma’ en Brasil fue un juicio político ‘a secas’ o un nuevo tipo de golpe institucional.
Definir un concepto, un fenómeno, implica ponerle límites, decir explícitamente qué es y qué no es esto que estamos mirando, y nuestros conceptos evolucionan con la sociedad, están en constante transformación y nuevos datos los ponen a prueba todo el tiempo. Por eso necesitamos ser tan puntillosos en nuestras definiciones, en discutir nuestros conceptos, porque ellos son nuestra guía para ‘bajar’ al campo a observar, nos ‘dicen’ qué casos conviene incluir, qué datos recolectar y qué dejar afuera.
Gran parte de cómo se define un fenómeno tiene que ver con el marco teórico que elegimos para estudiarlo, con la manera en que otros lo han hecho antes y con avanzar a partir de los huecos o inconsistencias que encontramos (las que llamamos ‘lagunas’). Porque la ciencia es también acumulación de saber.
Al igual que en las ‘otras’ ciencias, la validación entre pares es fundamental: replicación de los estudios, evaluación de artículos, congresos y seminarios, proyectos colaborativos entre universidades y centros de estudio. Hola, ¿qué tal? Podemos ser interdisciplinarios.
Ni todas las preguntas que nos hacemos son abordables mediante una misma forma de testear hipótesis ni todos los estudios requieren igual forma de investigación: método cualitativo comparado, método estadístico, process tracing, estudios de caso, análisis de redes, experimentos naturales o cuasi-experimentos. Germán Lodola (2005), Candelaria Garay (2007) y Andrés Schipani (2008), por ejemplo, estudiaron la protesta social en Argentina entre mediados de los ‘90 y los primeros años de 2000. Garay buscaba, mediante un estudio de caso, dar cuenta de las razones de la emergencia de la protesta de los desempleados, quienes sortearon las barreras a la acción colectiva a partir de los planes sociales que brindaba el Estado −especialmente el Plan Trabajar, creado en 1996−, promoviendo que la gente se junte y se identifique. Lodola y Schipani, con abordajes diferentes, consideraron la protesta como variable explicativa de la aparición de los planes sociales. El estudio de Schipani es una investigación comparada, la cual parte de aplicar el método de las similitudes para seleccionar los casos: estudia Buenos Aires y Santiago de Chile, tomando los elementos que tienen en común para después estudiar las diferencias, las cuales −se intuye a priori−serán las causas de la diferencia de los outcomes en la movilización social. En cambio, Lodola hace un análisis estadístico del rol de la protesta popular y la política partidaria buscando conocer cuál es la probabilidad del efecto causal de estas variables sobre la distribución de recursos del Plan Trabajar hacia las provincias argentinas. Con este objetivo, el autor presenta evidencia descriptiva de la evolución del gasto social y las políticas de empleo en la década del ’90 en nuestro país.
Mediante experimentos naturales, cuya idea fundamental es que el proceso de generación de datos reproduzca las condiciones del diseño experimental a través de la asignación aleatoria de las unidades de análisis a grupos de tratamiento y control, Guillermo Rosas y Joy Langston (2011) para el caso mexicano, y Rocío Titiunik (2016) para el Senado en Estados Unidos, encontraron que el desempeño de los legisladores varía según cómo estén coordinados o desfasados sus mandatos en relación con los de los gobernadores de sus respectivos Estados.

Siguiendo con los estudios sobre congresos, Ernesto Calvo y Marcelo Leiras (2012) estudian, mediante un análisis de redes, el ‘co-sponsoreo’ de proyectos en ambas cámaras del poder legislativo nacional de nuestro país. Los autores encuentran que, en momentos en que el desempeño electoral de los partidos no es consistente entre los distritos, aumenta la cantidad de iniciativas de ley que los legisladores de una misma provincia firman juntos, siempre y cuando estos proyectos se circunscriban a un área geográfica particular. Otro de análisis de redes: Natalia Aruguete y Ernesto Calvo analizaron la red que se formó en Twitter alrededor del reclamo por la aparición con vida de Santiago Maldonado. Entre muchas cuestiones que abordan, miran a qué medios −Clarín, La Nación y Página/12− retuitean los usuarios a partir de dividirlos en dos grupos: cuentas identificadas con el oficialismo nacional y aquellas que no.

El gráfico se basa en 599.762 retuits de mensajes que contenían el hashtag #Maldonado entre el 2 y el 23 de agosto de este año. Las cuentas identificadas con el oficialismo nacional están representados con nodos (circulitos) amarillos, mientras que el resto están coloreadas en azul. Por su parte, las líneas que unen los nodos (aristas) pintadas de rosa son links a Clarín ‘embebidos’ en dichos retuits, las de color amarillo son links a La Nación y las aristas azules describen links a Página/12. 

Puede notarse que los usuarios de ambas comunidades (oficialismo y no oficialismo) incorporan enlaces a medios cercanos a sus ideas y postura ideológica. Clarín −y especialmente La Nación−dominan en el espacio oficialista, mientras que Página/12 lo hace en la comunidad opositora.
Todas estas son formas diferentes de hacer ciencia política, testear hipótesis y generar teorías; cada una con sus fortalezas y debilidades, con distinto grado de validez interna y externa, pero igualmente rigurosas a la hora de investigar.
Ciencia política (sin ‘s’) 
Pero ¿cómo que hay una sola? La reflexión y el estudio acerca del poder y de las instituciones que regulan su acceso y su ejercicio data de muchos siglos atrás: quién gobierna, cómo lo hace, qué características tienen las personas que gobiernan o que pelean por hacerlo, cómo es ese gobierno, qué hace o cuál es la mejor forma para que dicho gobierno sea ‘bueno’. Venimos arrastrando esas dudas desde Sócrates, Aristóteles y Platón, aunque recordemos que Sócrates no escribió ninguna obra y que en parte sus ideas las conocemos a partir de los testimonios de sus discípulos, especialmente Platón, pero también Jenofonte, Aristipo y Antístenes. Sin embargo, al principio esas cuestiones se abordaban desde la filosofía. No fue sino hasta el siglo XX que se desarrolló el carácter científico del estudio de los problemas políticos. Los primeros politólogos empezaron a visibilizar la importancia clave de la rigurosidad metodológica para encarar una investigación. La utilidad del trabajo de campo y de la observación sistemática de la evidencia empírica. Incluso, en algunos casos, la posibilidad de recurrir a la formalización matemática. Anthony Downs es uno de los autores que desde el racionalismo hizo un gran aporte a la ciencia política. A mediados de la década del 50’ del siglo pasado, Downs escribe Teoría Económica de la Democracia, en la que señala que a la hora de decidir por qué partido votar, cada ciudadano/a calcula las posibles rentas de utilidad (potenciales beneficios) que le proporcionaría cada partido.

-Miguel, ¿a quién vas a votar? -Pará, lo estoy pensando (me llevo dos, multiplico por la constante de Planck).

Por ejemplo, en un sistema bipartidista, cada ciudadano/a espera (E) una determinada renta de utilidad (U) de cada uno de los partidos del sistema en el período electoral que sigue (t+1) y las resta entre ellas. El/a ciudadano/a votará al partido que crea le va a proporcionar la renta más alta, sea el actual gobierno (A) o el partido de oposición (B).
Hay quienes piensan que las ciencias sociales no pueden aportar conocimiento válido; que son equiparables a un posicionamiento ideológico o a pretender mayor validez para nuestras opiniones, posturas y visiones del mundo social, aunque sólo veamos, como cualquiera, lo que queremos o podemos ver. Es cierto que la ideología, los valores y las opiniones de los que hacemos ciencia política se ponen en juego y afectan cómo miramos lo que miramos, desde dónde, con qué anteojos analizamos la porción de realidad que elegimos mirar y cómo definimos eso que queremos mirar, e incluso con qué métodos elegimos procesar los datos. Pero lo que hace ciencia a lo que hacemos es el rigor y la sistematicidad de nuestras prácticas (que siguen ‘reglas’ de metodología científica), la transparencia que tienen (o al menos deberían tener) nuestras premisas y los conceptos que hay detrás de ellas. Hacer ciencia implica cumplir con reglas determinadas. Y por eso, si te las saltás, podemos (la comunidad científica) reclamar que fue trampa. Que tus resultados no se respaldan en la evidencia, que omitiste la mitad de los datos, que tu método da por sentado algo que se puede medir (y por tanto, no hay por qué asumir a priori), etcétera. Por eso es tan importante que estemos dispuestos a exponernos de manera constante a la mirada y control de la comunidad científica para validar nuestro trabajo individual.
Si bien las reglas pueden cambiar, no es a gusto y piacere de cada uno, sino mediante discusiones epistemológicas y metodológicas en las cuales el motivo que valida esos cambios es que encontremos maneras más eficaces de ajustar nuestras explicaciones a la realidad, de darle más rigor y transparencia a nuestros procedimientos.
¿Todos nosotros hacemos ciencia? No. Aquellos que se desarrollan en el marco de la filosofía política y en algunos casos de la teoría política elaboran sus ensayos en otro plano. Si bien en muchos casos ‘miran’ la realidad, no la utilizan para contrastar hipótesis sino para reflexionar sobre ella. Sin lugar a dudas, su trabajo hace que la ciencia política cuente con mayor diversidad teórica y conceptual. Contribuyen. Mucho. Cubren las ‘lagunas’. Lo vienen haciendo desde los abuelos griegos, Nicolás Maquiavelo y compañía. Pero no hay ciencia donde no hay un método científico, donde no hay hipótesis para corroborar o refutar.
Empatizamos con cada bióloga a la que intentaron hacerle leer un análisis de sangre y cada químico al que le preguntaron cómo sacar una mancha de un pantalón cuando escuchamos ‘Che, vos que sos politóloga ¿quién va a ganar las elecciones?’. Nuestra respuesta en cumpleaños, casamientos y bar mitzvahs, entonces, va para el lado de explicar tendencias; pero siempre en condicional. Los científicos de la política no predecimos eventos particulares del futuro sino que estudiamos eventos del pasado para encontrar regularidades.
Una forma de entender la diferencia entre hacer ciencia política y filosofía política es analizar la reflexión sobre la libertad, una discusión que cruza la teoría política desde tiempos inmemoriales. Mientras que la filosofía política analiza la libertad como el ámbito donde un individuo puede desarrollar su potencial como ser humano, respetando esa famosa idea acerca de que ‘la libertad de uno termina donde empieza la del otro’, para la ciencia política el estudio sobre la libertad tiene un matiz operativo, relacionado con la posibilidad concreta de realizar acciones ‘observables’ dentro de un marco institucional determinado: con qué facultades cuenta, por ejemplo, un presidente para girar fondos discrecionales a las provincias, qué puede hacer un partido político en términos de alianzas al momento de una elección, cuánto margen tienen los gobernadores para aplicar una política pública decidida por el Estado nacional. La discusión no es sobre la naturaleza de la libertad sino sobre su alcance, sus características y sus posibles resultados en los hechos.
Otro escenario donde los politólogos metimos la cuchara fue el debate sobre ‘el giro a la izquierda de América Latina’. Cuando finalizaba la década de los ‘90 y comenzaba el Nuevo Milenio, varios países latinoamericanos fueron testigos de victorias electorales presidenciales de partidos y coaliciones ubicados en el espectro ideológico de la centro-izquierda. Ríos de tinta y bytes llenaron el debate sobre el repentino ‘giro a la izquierda’ de la región que venía a corregir los errores humanos del Consenso de Washington y de su pizza con champagne. Algunas primeras percepciones se sustentaron en un cambio de ideas: los latinoamericanos dejamos de ‘bancar’ la centro-derecha y reclamamos más igualdad, más oportunidades, más inclusión. El cambio en el electorado era producto de una revolución ideológica que nos acercaba a los sesentismos y setentismos de cada país. Sin embargo, esta percepción fue precisada y parcialmente corregida por estudios que sustentaron argumentos alternativos analizando bases de datos. Existe una línea de investigación en ciencia política que se concentra en estudiar el comportamiento electoral, afirmando que los votantes hacen un ejercicio de accountability electoral en el que evalúan las políticas para atrás: si los resultados son buenos, los siguen votando; si son malos, cambian de preferencia, en una especie de esperanza de votante bayesiano. Según María Victoria Murrillo, Virginia Oliveros y Milán Vainshav, en un estudio publicado en el año 2010 donde analizan 18 países entre 1978 y 2008, el ‘giro a la izquierda’ se dio por dos razones: la maduración democrática que permite la alternancia entre gobiernos de distinto color y la evaluación negativa de los resultados económicos de los gobiernos de centro-derecha de los ’90.

El gráfico muestra la proporción de votos de los presidentes de ‘izquierda’ y ‘centro-izquierda’ entre 1978 y 2018 para los 18 países que formaron parte del estudio. La línea roja representa la tendencia en la participación promedio del voto a candidatos de ese sector político en cada elección en el período estudiado. La línea azul señala un sostenido pero leve aumento del voto a las opciones presidenciales de izquierda en la región, de modo que si bien hubo un cambio a partir del año 2000 coincidiendo con el crecimiento de las commodities, la diferencia con los años previos no fue drástica.

Este gráfico fue el puntapié del estudio encarado por Murrillo, Oliveros y Vainshav (2010), al que hacemos mención. Una intriga surgida de esa tendencia. Una pregunta de investigación actual. Y una hipótesis bien formulada. Los datos encontrados le dieron sustento. Esta misma línea ha sido muy desarrollada con modelos formales similares aplicados al caso argentino por María Celeste Ratto (un ejemplo acá y otro acá) y María Laura Tagina (el tercero acá). O sea que el motor del voto no fue una cuestión tanto de valores e ideología sino de cómo cierra la planilla Excel de cuentas personales a fin de mes.
Esta disciplina, tal como la describimos, data de mediados del Siglo XX. Somos nuevos, pero no llegamos en cigüeñas teóricas, no salimos de repollos no-científicos. En Argentina, podemos pecar de más jóvenes aún. La primera carrera de ciencia política en el país data de mediados de los años ’70, pero es recién con la democracia que se volvió más visible; no sólo porque se pudo analizar, investigar y ‘decir’ libremente, sino también porque las universidades nacionales comenzaron a abrir la oferta académica para estudiar la política, el poder y sus relaciones. Para estudiar sus actores e instituciones. Para estudiar.
En la década del ’90, cuando las primeras generaciones de politólogos y politólogas regresaron de hacer sus posgrados en el exterior, se abrió la oferta de maestrías y doctorados en el país para que la formación de posgrado no necesariamente tuviera que hacerse afuera. Antes comentamos que la ciencia es acumulación del conocimiento; habría que agregar que también es sumatoria de oportunidades. Somos jóvenes, tenemos mucho trecho para andar, pero vamos por buen camino.
Que las ciencias políticas sean una forma de desnaturalizar y describir las dinámicas del poder las vuelve no sólo relevantes sino indispensables a la hora de describir nuestras organizaciones como son, sino también en pensar cómo queremos que sean. Las vuelve un desafío intrínseco en el desarrollo de métodos que describan cada vez mejor su área de competencia, y también un desafío hacia ese pedacito de Universo y los agentes que en él operan, esos que constituyen, precisamente, el poder. Será nuestra, entonces, la posibilidad, pero también la responsabilidad de observar, describir y compartir con todos aquello que muchas veces pasa a puerta cerrada, o que nos tiene tan inmersos que se nos hace invisible.

“A él (Sancho) le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él”, dijo Quijote.
Entonces, politólogos, seamos Sanchos.

Politóloga (UBA), Master (Warwick, UK), Doctora (UTDT) y Corredora. Investigo y doy clases. Estoy convencida de que salvo el amor, todo debería durar dos horas, me estiro a tres.

Politólogo (UADE) y Magíster (UNSAM). Profesor en varios lugares. Fan de eso que se llama elecciones, partidos y sus secuaces. Cuando puedo, intento jugar al basket. Y no amargarme con Racing.

Politóloga (UBA) y Magíster (UTDT). Profesora en varios lugares. Mamá y linqueña. Amante del rugby. El secreto es tener, siempre, más huevos que esperanza.

#PanamáRevista La brújula del General

Leviatán con invitado. El +1 de las fiestas formales. Pero no es un +1 cualquiera. Es un +1 que de repente, de la nada, como si fuera algo que surge cuando se cruzan unos planetas, así, medio bruto, te tira una idea. Queda perdida. La suelta. La deja bollando. Vuelve a tomarla a los dos días. Y te deja dudando.
- “¿De qué hablás?”
- “Es el Peronismo, maldito. Tenemos que escribir algo. Retomemos la del año pasado”.
- “Bueno, dale. Hacemos como siempre”.
Y así nació una brújula. Un rumbo para pensar ese gigante invertebrado de Juan Carlos Torre. Pero sobre todo porque en La Aldea de Alta Intensidad, en ese país distante donde se creó el país de Corea del Centro, empezaron a vaticinar su desaparición. O, peor, que la falta de un liderazgo nacional le impedía rearmarse. Meterse de vuelta la vértebra. Como si eso fuera posible. Y todo esto, potenciado por diversas notas de opinión.
Bueno, no. Disentimos. Ensayamos otra respuesta. Acá viene. Replicamos la nota publicada originalmente en Panamá Revista y agradecemos especialmente a Alejandro Sehtman por el espacio.

La brújula del General

Lara Goyburu (@LaraLin78) – Facundo Cruz (@facucruz)

Cuenta la leyenda de Piratas del Caribe que Jack Sparrow tiene un instrumento que entra en la palma de una mano, funciona en base a una combinación de leyes de la física con emociones profundas, y apunta hacia dónde su dueño siempre quiere ir (aunque éste no lo sepa). Tan importante es el instrumento que murieron muchos extras piratas que quisieron tomarla por la fuerza, ordenados y dirigidos por otros piratas. Y nos enteramos la bendita historia de cómo funciona y por qué en la última de la saga.

No, los Peronistas no son piratas. El Perla Negra no es el Partido Justicialista. Y el Capitán Barbossa no es Antonio Cafiero. Solo es útil la analogía para hablar de la brújula, ese instrumento.

Lo que sí es real acá es que el Movimiento, hoy en día, parece haberla perdido. Ese norte que marcaba a dirigentes, funcionarios, candidatos, militantes y punteros para dónde ir, desde lo más profundo de su ser y acompañados por el sistema político argentino. Esta deriva (ahora sí sirve la analogía) tiene sus raíces no en 2015 sino algunos años antes. Eso es lo real, no fantasía de pochoclo.

Por eso, queremos marcar de dónde venimos y hacia dónde creemos que podemos ir en los próximos años. Porque hipótesis sobran. Nosotros tenemos la propia.

Dónde estamos: la explicación electoral

Hace dos años escribimos juntos en La Nación indagando en las causas de por qué al PJ le cuestan sus internas. Eso a raíz de la sorpresa que había propinado a toda la comunidad política argentina que Heidi haya comido lobo al spiedo, haciendo que Cambiemos Buenos Aires ganara por primera vez en 28 años a un candidato peronista en elecciones a simple mayoría de votos por la gobernación del distrito más grande de todo el país. Sí, cuando María Eugenia Vidal le ganó a Aníbal Fernández.

Ese hecho político nos llevó a pensar que se dieron tres fenómenos. Primero, que la competencia abierta por la candidatura a la magistratura provincial entre el tándem Fernández-Sabatella versus Domínguez-Espinoza dañó internamente las estructuras territoriales del Movimiento. Segundo, que hubo una transferencia de votos peronistas (producto, en parte, por esa disputa) hacia la fórmula Vidal-Salvador en la elección general. Esa hipótesis la complejizamos junto a Paula Clerici acá. Tercero, la existencia de una oferta peronista alternativa no directamente asociada al sello partidario justicialista, como fue la existencia de Sergio Massa en ese productivo año electoral 2015 que lo mantuvo competitivo. Él estaba ahí.

Bueno, esos tres factores tienen coletazos hoy en día. Pero solo fueron la punta del iceberg de algo que venía naciendo desde comienzos del 2000. Vamos al gráfico[1] para desarrollar algunos puntos importantes.




Primer dato: los vaivenes del voto peronista para diputados nacionales en la Provincia de Buenos Aires siempre pusieron al distrito a tiro de la oposición. Sin embargo, los votos totales obtenidos por los candidatos presidenciales peronistas en el distrito, y por su correlato a gobernador, siempre estuvieron en la cresta de la ola del crecimiento. Cada vez que se dio un alza en los votos para diputados nacionales, se coronó con más votos en las disputas ejecutivas nacionales y provinciales. Adicionalmente, salvo en contados casos, el PJ siempre tuvo mejor desempeño electoral en la pelea ejecutiva en ambos niveles que en la disputa legislativa.

Una estrategia electoral y un hecho político salvaron al Peronismo de dos caídas anticipatorias de lo que ocurrió finalmente en 2015. La estrategia electoral: las listas espejo de Acción Por la República y la UCEDé en 1999 salvaron la topadora de la Alianza. El hecho político: el fallecimiento de Néstor Kirchner en 2010 que impactó a favor del FPV-PJ un año después.

Segundo dato: la decadencia no empezó en 2015, sino que fue producto de la crisis dirigencial del 2001. Crisis que se tradujo en falta de acuerdos internos. Mientras que entre 1983 y 1999 solo hubo una lista legislativa relevante o competencia ejecutiva peronista alternativa en la provincia (FREJULI en 1985), a partir del 1999 fue una constante. Partido Unidad Bonaerense (Patti) en 1999, Frente por la Lealtad (Menem), Frente Movimiento Popular Unión y Libertad (Rodríguez Saa) y Unidad Federalista Bonaerense (y dale con Patti) en 2003, PJ (Duhalde) en 2005, Unión PRO (De Narváez, Solá y amigos) en 2009, UDESO (más de De Narváez) y Frente Popular (Duhalde, otra vez a la carga) en 2011, Frente Renovador en 2013 (Massa) y 1País (Massa, again) y Frente Justicialista (Randazzo) en 2017.




La implementación de las PASO a partir del 2011 fue pensada para contener estas tensiones, precisamente. Amortiguó un proceso político que venía maridando. Sin embargo, cuando se alinearon los planetas, se perdió la provincia. El tiro por la culata de la reforma política que cocinó lentamente la derrota. Eso cuestan las internas.

Dónde estamos: la explicación institucional

Desorientados. A la deriva. Ahí estamos.

Porque además de la explicación de los números y los colores, también hay otras de arraigo histórico de nuestro sistema político. Oscar Aelo y Moira Mackinnon nos ilustran sobre un aspecto no muy divulgado de la formación del Peronismo en sus primeros años. Como construcción política, el Movimiento fue el actor que mejor conjugó el progresismo de la fuerza laboral industrial metropolitana junto con el conservadurismo de un interior agrario y Estado-dependiente. Así se formó. Como una confederación de partidos provinciales. Como una coalición en sí misma.

Allí radicó su éxito electoral y la garantía de gobernabilidad tan añorada por el Círculo Rojo. Como dicen Edward Gibson y Ernesto Calvo, Argentina se gobierna con una coalición periférica sustentada en las provincias chicas sobrerrepresentadas y se gana con una coalición metropolitana apoyada en las cinco provincias más grandes (Ciudad y Provincia de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza y Santa Fe).

La Provincia de Buenos Aires se construyó como el faro ordenador del resto de las partes del PJ. En tiempos democráticos esta capacidad se dio por el buen uso de la brújula: gobernar el 37% del padrón nacional más un puñado no menor de provincias periféricas. Allí están sus bases. Allí está La Matanza. Allí están sus Unidades Básicas. Allí están sus punteros. Allí están los 135 municipios. Allí está la garantía para el resto de los compañeros de otros distritos. La tranquilidad de que ganamos. Que también podemos ganar. Y así podemos gobernar.

Perder la Provincia desorientó a todos. Se perdió la capacidad de ser la fuerza política que mejor entendió el federalismo argentino (y sus modificaciones). Al perderla, se abrió la Caja de Pandora de la dispersión. Los actores lo perciben hoy en día y en la primera renovación legislativa se avecina el recambio de liderazgo. Como en 1853, las periféricas vetan, pero no tienen brújula sin la Provincia de Buenos Aires. Las elecciones legislativas de 2017 dan algunos datos: en 10 de 24 provincias hubo listas kirchneristas por fuera del PJ oficial en el distrito. Esa fractura empezó en suelo bonaerense. Casualidades.

No le echemos la culpa solo al Frente para la Victoria. Preguntemos a los conservadores de principios del Siglo XX que les paso cuando perdieron Buenos Aires. Bueno, hicieron un Golpe de Estado. Pequeño detalle. Hoy los tiempos no están para eso.

También pasó en 1983, pero la sensación fue distinta. Se arrancaba sobre una tabla rasa, una hoja en blanco, un punto de partida. No se perdió, sino que no se ganó. A pesar de esa salvedad, tardaron cuatro años hasta rearmarse. Precisamente, desde ese distrito no ganado pero sí recuperado en 1987. En 2017 recién vamos por los primeros dos años del distrito perdido. Paciencia.

Hacia dónde vamos

El sistema político argentino es siempre el mismo. En el fondo está Alberdi. Todo el sistema siempre se ordenó detrás de la Provincia de Buenos Aires. Ella es la brújula, pero sola no puede. Ordena, pero no gobierna. El sello que encarne esta alianza entre brújula y fuerza es aleatorio y coyuntural. El que gobierna Provincia de Buenos Aires marca el rumbo y las elites provinciales se ordenan detrás de esto, protegiendo sus intereses. El rol del Estado nacional es, será y siempre fue el de absorber este conflicto y mantener el delicado equilibrio entre un capitán que marca el rumbo y llena las bodegas, y una tripulación siempre dispuesta a amotinarse. Pero dentro del barco.

La pregunta entonces no es por el PJ solamente. Se orienta a como la Caja de Pandora llega hasta las propias chances de supervivencia que tienen todas las fuerzas políticas de nuestro sistema, sean partidos o coaliciones. Afecta a todos aquellos que no tienen el gobierno del 37% para sobrevivir como organizaciones nacionales con chances de gobernar el país. Se trata de timonear el barco. Quizás los Compañeros tengan que preguntar a los Correligionarios cómo se hace eso de sobrevivir desde las bodegas. Cambiemos tardó 12 años en salir desde abajo.

La reconstrucción y la renovación del Peronismo vienen desde abajo, hacia arriba y hacia afuera: desde los municipios hacia los niveles superiores y desde la brújula hacia la periferia. Porque así se armó el partido. Porque así se vuelve a las bases. Porque si el Peronismo es el partido de sus unidades básicas, entonces hay que volver a ellas. La Provincia de Buenos Aires es timón de la renovación, los gobernadores el viento en las velas. Y como en 1987, los diputados la tripulación que ejecuta.

Es tiempo de pensar esa secuencia. Y aprender de los Renovadores. Tiempo sobra. Aunque la falta de traición (porque no hay a quién traicionar en el timón) hagan del llano lo peor.

[1] Algunas aclaraciones previas para ansiosos y dubitativos. El gráfico muestra la evolución del voto total del PJ en la Provincia de Buenos Aires. Todos los valores corresponden para la lista o candidatura oficialista en el distrito (el famoso incumbent). Solo en el caso de 1985 se toma en cuenta a Frente Renovador: dado que no había oficialismo peronista en el distrito, se consideró la lista ganadora. A partir de 2003, se toma en cuenta FPV como sinónimo de PJ. En 2017 se toma en cuenta votos de Unidad Ciudadana. En la tabla que continúa el gráfico se detallan estas precisiones.

23 octubre 2017

La ventaja estratégica de los oficialismos

O también podría llamarse por qué votar al oficialismo garpa.

O sino la otra alternativa es por qué las PASO son beneficiosas para los gobiernos de turno.

O, puede ser, que sea cierta la historia de, cómo dice CIPPEC, la cancha esté inclinada para los que están sentados en los sillones y tienen caja. La caja, la bendita caja.

Cualquiera sea el título de la película, la relación entre las PASO y las elecciones generales se recalentó en los últimos meses. En este espacio ya conversamos sobre su utilización y las condiciones de su uso, y sobre el efecto en el resultado. También sobre el impacto que tuvo en la disputa PJ versus K. Bueno, conversando con Doña Rosa, encontramos una más que puede ser testeada. Con gráficos a prueba de daltónicos y todo (perdón, muchachos). Porque nunca son suficientes.

La conclusión spoiler: el ingreso de nuevos votantes en las elecciones generales se dirige hacia las listas legislativas que están identificadas con el gobierno nacional. En otras palabras, al aumentar la proporción de votos positivos en las elecciones legislativas respecto de las PASO, aumenta la cantidad de votos que obtienen los oficialismos.

Esta viene para larga. Paciencia, Don.

¿Qué se nos ocurrió?

El profesor de sacos Oxford viene diciendo hace rato que entre PASO y elecciones generales el aumento de votantes beneficia a Cambiemos. Que esa es la clave para la coalición. Y un motivo más para defenderlas porque los dormilones de agosto que se deciden a ir en octubre a la mesa que les corresponde los ayuda a ganar.

Esto no podía estar pasando solo ahora. Algo tenía que haber ahí. Asique metimos “de reversa, mami” y comparamos las elecciones PASO-Legislativas 2013 con las PASO-Legislativas 2017. Ambos procesos electorales tienen como punto en común que resultaron ser las primeras elecciones legislativas no concurrente que utilizaron las PASO como una instancia previa para ambos gobiernos: FPV en 2013 y Cambiemos en 2017[1].

Reforzamos la idea entonces: no es solo Cambiemos el que se beneficia de nuevos votantes en una elección general, sino que lo hacen la mayoría de los oficialismos nacionales. En el caso que acá nos atrae, FPV.PJ en el 2013.

Como se ha vuelto moda ordenar el espacio político argentino en términos de oficialismo vs oposición, agrupamos los votos positivos en ambas categorías. También porque es la única forma de ordenar una ensalada de oferta electoral que tenga algún criterio medianamente sano: no todas las agrupaciones políticas son iguales en cada provincia ni los acuerdos que se forman entre ellas persisten en el tiempo. Desnacionalización, dicen. De modo que para 2013 agrupamos todas las listas legislativas FPV-PJ en una categoría (oficialismo) y todas las restantes en otra (oposición). Para 2017 lo mismo, salvo que el oficialismo pasó a ser Cambiemos.

Una salvedad. No es solo el aumento de votantes totales entre PASO y legislativas lo que ayuda a los oficialismos, sino que es el aumento de votos positivos: estos son los sufragios que emite el ciudadano en favor de alguna lista (no toma en cuenta los votos en blancos o nulos, que también son una opción). Porque si en las PASO estuviste a 500km. comiendo un asado, no vas a ir tres meses después a votar en blanco. Salvo que estés un poco tocado.

De esa manera, buscamos encontrar una relación entre el aumento de los votos hacia las listas oficialistas (FPV en 2013 y Cambiemos en 2017) y el ingreso de nuevos votantes positivos. Y, para despuntar el vicio, ver también que pasa en el espectro opositor en el mismo período. El porcentaje de crecimiento de votos positivos de cada uno se calcula sobre los votos propios obtenidos en la PASO[2]. De esta manera cada espacio político puede calcular cuánto creció en la elección legislativa sobre sus propios votos obtenidos, no sobre el total de votos de la jornada electoral. Es más real porque descartamos qué pasó con sus competidores.

¿Qué encontramos?

Acá van la tablitas naranjas y celestes que se hicieron moda en este submundo nerd. Pueden ver una tabla para cada espacio político (oficialismo y oposición) y para cada elección (2013 y 2017). En total son 4 tablas. Seguimos después de que se tome unos minutos de reflexión profunda.







A simple vista, todo parece medianamente de acuerdo a las expectativas. En el año 2013, el FPV creció en votos en 21 de 24 provincias (solo perdió apoyos en Chubut, La Pampa y Salta). La oposición, en cambio, solo subió en 11 de 24 provincias. En el año 2017, Cambiemos repitió guarismos con alzas en 21 de 24 provincias, perdiendo votos en La Pampa (estos rebeldes…), San Luis y Santa Cruz. La oposición tuvo peor desempeño: en 8 provincias creció y tuvo saldo negativo en 16. En La Nación y Clarín compraron Don Perignon.


Al comparar los escenarios teníamos que encontrar alguna relación de algún tipo. Asique ahí empezamos a probar. Cruzamos el crecimiento de votos PASO-Legislativas con la cantidad de electores en cada provincia. No encontramos mucho. También probamos cruzarlo con la proporción de votos positivos obtenidos en cada provincia por cada espacio político. No hubo mucho ahí para ver. (Nota: todos estos gráficos fueron hechos y pueden ser consultados acá).

Retomamos la primicia del comienzo: aumento de votos positivos. Ahí apareció algo. Aleluya, dijo Durán Barba. En los siguientes gráficos pueden ver la relación entre el porcentaje de crecimiento de votantes positivos entre PASO y legislativas (eje vertical de los gráficos), y el aumento de la proporción de votos positivos hacia alguna lista específica entre ambas elecciones (eje horizontal). Uno para cada espacio político (oficialismo vs oposición) y para cada año (2013 y 2017). Cada círculo de color corresponde a cada una de las 24 provincias argentinas[3].






En el año 2013 existe una relación lineal media esquizofrénica entre el crecimiento de ambas variables. No todas las provincias muestran que un aumento de una unidad en el eje vertical lleva un aumento de una unidad en el eje horizontal: el conjunto de distritos agrupados en el medio con forma de pelota deforme es indicativo de eso. Sin embargo, en términos generales, pareciera (con muchas comillas) que a medida que en cada provincia aumentó la cantidad de individuos que decidió votar por alguna de las listas ofrecidas fue en beneficio del FPV-PJ. Con algunos casos algo raros que salen de la regla: CABA y Jujuy tuvieron valores negativos en el aumento de votantes positivos. La oposición, en cambio, tiene una forma de U, también media esquizofrénica: primero se perjudica hasta llegar a un punto cero en el conjunto de provincias donde no aumenta mucho el voto positivo para luego pasar a recibir algunos de esos votos. Baja, se queda y sube, como muchas oposiciones.

El período 2017, en cambio, tiene asociaciones más directas y claras para cada espacio político. Salvo por Jujuy (donde parece que es costumbre) en la mayoría de las provincias donde aumentó el voto positivo, Cambiemos creció en sus apoyos. Y, a medida que más creció, más se benefició de los nuevos ciudadanos comprometidos. La relación parece un poco más fuerte que en 2013.

La oposición, en cambio, perdió la forma de U esquizofrénica y muestra una relación levemente lineal entre ambas variables. El cambio del patrón, sin embargo, no le permite a “los no Cambiemos que luchan por la liberación” sacar algo positivo de la jornada de ayer domingo: arrancan desde más atrás que el oficialismo nacional y mantienen la mayoría de las provincias dentro del cuadrante negativo (pierden votos entre ambas elecciones). En otras palabras, la oposición no llega a superar al oficialismo nacional y la ventaja estratégica se mantiene. La nota: Jujuy, otra vez, abajo a la izquierda.

¿Qué nos queda?

Una razón más para defender a las PASO. Pero no tanto por nosotros mismos, como analistas políticos o politólogos que nos gusta levantarnos a las 7 de la mañana para entrar en el sitio web a descargar datos, armar mapas y gráficos de dispersión. Sino, más bien, porque es una herramienta útil para los oficialismos de turno. Para medir a sus candidatos. Para reforzar los acuerdos. Para reacomodarse. Para tomar decisiones estratégicas y retirarse a tiempo. Y, sobre todo, porque con los resultados de agosto, Cambiemos (ahora) y el FPV (hace cuatro años) tal vez no hubieran adquirido la oportunidad de reforzar/fortalecer/aumentar sus respectivos pesos políticos en el Congreso Nacional.

Los votantes deciden dos veces. Eligen alguna de las opciones, eligen quedarse en sus casas, o eligen no estar en sus distritos. Pero luego tienen una segunda oportunidad para evaluar sus preferencias: apostar a la lista de candidatos que más les convence o que más les convence que gane (que son cosas distintas). Lo que podemos afirmar es que esa reconversión de sus preferencias beneficia a las listas que se identifican con el gobierno nacional.

Sea por la grieta o por las reglas electorales, algo se mueve. Y está bien que así sea. Eso es democracia. Eso cuesta.


[1] La única diferencia radica en que FPV venía gobernando a nivel nacional desde 2003, mientras que Cambiemos recién entró en la Rosada en diciembre del 2015.
[2] La fórmula sería así: % de crecimiento = total votos positivos elección legislativa – total votos positivos PASO / total de votos positivos PASO.
[3] Para las elecciones legislativas 2017 utilizamos los resultados provisorios. Para PASO y legislativas 2013, y PASO 2017 el escrutinio definitivo. Esos son los datos que figuran en las cuatro tablas anteriores.