12 junio 2018

Votando a bebito



Ahora es martes y son las 17:37 hs. Hay vorágine. Hay ansiedad. Hay mezcla de emociones. El jueves arranca Rusia 2018 con los locales de Putin vs. Arabia Saudita. Gas vs. Petróleo. Pero también mañana hay un partido. Se juega de local. En Av. Rivadavia 1864. Luego del tratamiento en comisión del día de hoy, mañana se vota en el pleno de la Cámara de Diputados de la Nación el proyecto de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE).

Hay un dictamen de comisión a favor (mayoritario) y otro en contra (minoritario). A esto se llegó luego de 2 meses, 15 sesiones de las comisiones reunidas, 106 horas de debate y 738 expositores. Eso es democracia.
Ahora es martes y ya son las 17:43 hs. Pero antes en la mañana, caminando con una Gringa, empezamos a pensar cómo y por qué votaban los que votaban. Los que ya expresaron su voto. Y cómo podían hacerlo mañana los que aún no se sabe.

Ya ha circulado mucho el excelente trabajo de Economia Feminita que encararon Mercedes D’Alessandro y “el Ruso” Snitcofsky. En esta nota porotean el voto de cada Diputado Nacional en base a sus convicciones religiosas, su provincia, estado civil, el juramento al momento de asumir, su partido político y su edad, entre otras variables.

Acá la propuesta es federal. Usando la base colectiva que ellos presentaron y muchos completaron, tiré algunos gráficos para ver 1) si la reelección del año próximo es algo a considerar; 2) si la distinción es por tamaño del electorado provincial (grades o chicas) o si 3) lo es por la cantidad de diputados que cada una envía al Congreso Nacional; y 4) si ocurre por región geográfica. Básicamente, si el quiebre de esta grieta se debe a ese federalismo que nos une y por el que hoy (ahora, esta noche y hasta mañana tarde) nos comemos las uñas.

¿Reelección? ¿Qué es eso?

Lo más llamativo de todo y la primera sorpresa. Si uno se remite a lo que dicen los libros, se podría esperar que quienes tienen que renovar mandato el año que viene en las elecciones generales de octubre estarían más atados a la presión de sus electores. En cambio, quienes lo hagan recién en 3 años tendrían más libertad de acción (y de mente). El razonamiento sería que dada la polémica generada por el proyecto IVE, un electorado atento, tenso y preocupado presionaría a su legislador que, temeroso por mantener el cargo, votaría en contra o a favor para evitarse problemas en unos meses.

En la tabla y en el gráfico que siguen se puede ver que la mayoría de los que votan en contra recién tienen entrevista de trabajo en el 2021. Y quiénes sí tienen que ver si su CV está actualizado votan la mayoría a favor.


Como esto no camina, surgió otra idea sugerida por un tipo con canas: cruzar el tamaño de las provincias según su magnitud de distrito (ver próximo apartado para detalles) con la reelección de sus diputados. Pero, tampoco. La reelección parece no importar mucho en este caso.



De modo que la grieta no viene por este lado. Viene por las provincias. Siempre las provincias.

Es el federalismo, eso es

La clave de todo el debate pasa por lo que nos pasa desde 1810 en adelante. Vos que pensabas que eso de Unitarios y Federales era de la Primaria.

La Argentina se puede dividir de varias formas. Acá propongo tres. La primera es entre provincias grandes (las 5 metropolitanas) y provincias chicas (las 19 restantes) para distinguir el peso electoral de cada una. La segunda es por la cantidad de legisladores que le corresponden según la Constitución Nacional. Acá me remito a lo dicho por “el Teutón” Nohlen para clasificar las provincias en tres categorías: magnitud baja (2 a 5 diputados), magnitud media (6 a 10) y magnitud alta (más de 10).

Ahora, las tablas y gráficos.




Los legisladores que están en contra del proyecto IVE provienen en su mayoría de provincias con un bajo peso electoral nacional, y con magnitudes de distrito medianas (casi 70% de los diputados sin contar los no confirmados) o bajas (56%). Esto se podría compensar con mayoría de posiciones a favor en las provincias de magnitud grande, pero con solo el 60% por el sí en esas 5 provincias (76 diputados) no alcanza para revertirlo. Dicen que gracias, General Bignone.

La tercer forma de dividir el país es según región geográfica. Tomando el consenso virtual de Wikipedia distingo en estas 5 (que también vienen de la Primaria): Noroeste Argentino (NOA), Noreste Argentino (NEA), Cuyo, Pampeana y Patagonia. Los números guardan relación con algunos puntos ya mencionados.


La región Pampeana agrupa a varias de las provincias grandes (Córdoba, Santa Fe, Buenos Aires y CABA). Junto con la Patagonia son los puntos del país donde más apoyos reúne el proyecto presentado: rondando el 60% en ambas. Las mayores resistencias provienen del NOA (Catamarca, Jujuy, La Rioja, Salta, Santiago del Estero y Tucumán) y de Cuyo (Mendoza, San Juan y San Luis). El NEA tiene su propia grieta: 15 a favor y 17 en contra.

De modo que mientras que las provincias grandes, metropolitanas y con más legisladores están menos cohesionadas en torno a su postura sobre el proyecto IVE, las provincias chicas, periféricas y con menos legisladores son más compactas y cohesionadas en sus posturas. Disciplina federal, indisciplina partidaria.

Los Ni

¿Qué pasa con los indecisos? Son las 18:25 hs. Hasta este momento son 18 los diputados que van a definir el partido en el último centro al área que se tirará mañana desde el mediodía en la Cámara de Diputados. De estos, 12 no reeligen y 6 si. 12 son de provincias chicas en electorado y 6 de las grandes. 9 provienen de distritos con magnitud pequeña, 3 mediana y 6 de las grandes. Patagónicos y pampeanos juntan a 11, cuyanos y del norte (NOA + NEA) a 7. La clave está, entonces, en no perder a los propios y robar alguno ajeno.

Son las 18:35 hs. Hay vorágine.

El momento de la verdad

Ya es jueves. Son las 13:58 hs y el resultado ya está cantado. O mejor, votado. La ley fue aprobada por 129 votos a favor, 124 en contra y 1 abstención. Con la data lista, armé unos gráficos para comparar las posiciones previas a la votación (hasta el miércoles a la noche) vs. el voto de cada legislador. Respecto de las posiciones, tomé información de @EcoFeminita y para los casos dudusos, los tuits de Gabriel Sued.


Punto de corte para evaluar la posición previa de los diputados es la siguiente: 121 a favor - 124 en contra - 3 abstenciones - 9 no confirmados. 

Acá los colores, las barras, los pensamientos y los votos.








¿Reelección 2019? No hubo mayores cambios. Los 8 que se inclinaron para votar a favor fueron 3 que reeligen en 2019 y 5 que esperan a 2021. Parecido a lo analizado más arriba. En cuanto al tamaño de las provincias sí se notó el poroteo de quiénes impulsaron el proyecto IVE. Los 8 que se sumaron vinieron todos de provincias chicas/periféricas. El restante dudoso votó en contra (provincia grande).

En la cantidad de diputados por distrito (la magnitud) se repite la misma dinámica. "A favor" del proyecto se mantuvo la misma cantidad de legisladores de distritos grandes, pero se sumaron 2 de magnitud mediana y 6 de magnitud chica. Dátolo: los que estaban en contra perdieron 2 de magnitud chica. Y en lo que respecta a las regiones del país, como todo es federalismo en la Argentina, se nota que la balanza se volvió a inclinar a favor desde distintas partes del país: a favor se sumaron 1 NEA, 1 NOA, 1 Cuyo, 2 Pampeana y (la clave) 3 Patagonia. Eso compensó la división de los distritos metropolitanos.

Para el final: ¿quiénes cambiaron su postura entre el miércoles a la noche y la votación de hoy jueves a la mañana? ¿Qué perfiles? Hay tres tipos de cambio posible. Positivo: de "en contra"  o "no confirmado" a "a favor". Negativo: de "a favor" o "no confirmado" a "en contra". Neutro: de "no confirmado" a "abstención". Dicho esto, los legisladores que decidieron cambiar su postura y contribuyeron a que se aprobara 1) no reeligen en 2019, 2) provienen de provincias de magnitud chicas y 3) fueron claves los de La Pampa y la Patagonia.

10 mayo 2018

#PanamaRevista ¿Quién arma?


Bueno, y acá viene la segunda. En el posteo anterior adelanté que venía una tanda de dos notas sobre coaliciones estilo divulgación. Para evitar ir a buscar café. Y para que vuelva la política. La buena política.

Invitado por el amigo Pablo Touzon para Panamá Revista (original), publiqué el escenario, los argumentos teóricos y los principales hallazgos empíricos de la maldita #tesis. Acá están los datos, la carne, lo jugoso. Cocido, a otra parte.

Para que resistan la tentación del café, acá van las líneas. Disfruté mucho de retomarlo unos meses después. La tenía abandonada. Doña Rosa me retó y me desafió a esto. A ver qué les pasa.

¿Quién arma?
Facundo Cruz (@facucruz)

O cómo arman. O por qué arman. En el léxico cotidiano de la realpolitik se refiere a las listas, a las estructuras partidarias, a los dirigentes políticos. Se hacen las primeras. Se construyen las segundas. Se encuentran los terceros unos con otros. ¿Qué arman? Coaliciones. De eso se trata.

Hay cierto consenso para decir que una coalición es un acuerdo entre partidos políticos que tienen objetivos compartidos, tienen recursos para alcanzarlos y luego se reparten lo que obtienen. Estos acuerdos son comunes en la competencia electoral y cada vez han adquirido más relevancia en el estudio de la política latinoamericana. Sobre este proceso político quiero desarrollar algunas ideas que forman parte del trabajo de investigación que vengo realizando en los últimos 5 años. Acá sintetizaré lo central. El bodoque completo está en otro lado.

¿Por qué hay algo para decir sobre el tema?

En primer lugar, porque América Latina ha evolucionado en los últimos 30 años de sistemas partidarios estables y de baja fragmentación, hacia otros menos estables y muy fragmentados. Argentina, hoy, es un free shop de partidos políticos. La Cámara Nacional Electoral reconoció en su último informe un total de 39 partidos nacionales y de 660 partidos de distrito. Los primeros son los que pueden competir por el cargo de Presidente. Los segundos son los que pueden presentar listas para diputados y senadores nacionales en cada distrito. Sí, un montón. Y digo reconocer porque es la justicia la que dice quién o qué es un partido, y quién o qué no lo es.

Ahí el primer incentivo para juntarse: si hay tantos, no todos pueden ganar. En un trabajo de reciente publicación, Paula Clerici muestra no solo que han aumentado sostenidamente la cantidad de partidos desde el retorno a la democracia, sino que han adoptado la estrategia coalicional como dominante, especialmente para competir por cargos legislativos. Causa y consecuencia.

En segundo lugar, nuestra patria se ha fragmentado en varios sellos y listas, pero también lo ha hecho de manera diferenciada. Es lo que solemos llamar “desnacionalización”. Esto quiere decir que hay distintos partidos en distintas provincias y que los ciudadanos, además de todo, votan distinto. No siempre los partidos o las coaliciones reciben la misma cantidad de votos en todas las provincias. Y no son los mismos en todas partes. Esto quedó muy bien graficado y explicado en la agotada obra de Ernesto Calvo y Marcelo Escolar.

“¿Qué hacer?”, dijo Lenin. En un escenario así de caótico, las coaliciones electorales adquieren una dinámica multinivel. Esto quiere decir que quienes compiten por la Presidencia tienen que establecer acuerdos con varios (algunos, pocos o muchos) dirigentes provinciales para arrastrar voluntades hacia sus candidaturas. Son los que tienen los fierros, los que arman las estructuras, los que mueven gente. Éstos, a su vez, se benefician de los votos que puede ganar en la competencia nacional para meter a algún viejo socio en el Congreso, quedarse con una intendencia o una gobernación. Es una transacción, un acuerdo cooperativo donde todos buscan ganar. Y todos necesitan de todos.

Las coaliciones se vuelven, así, una house of cards. Algo como lo que se ve en la imagen. Cada nivel se va armando, construyendo los cimientos para el nivel superior y así hasta llegar a la punta. Si arriba va bien, derrama hacia abajo. Pero para que eso pase, tiene que haber arrastre (de arriba hacia abajo) y empuje (de abajo hacia arriba). Todos conectados por un objetivo.




¿Cómo lo hacen?

Hay dos formas de encarar esta campaña en el desierto, en la sierra, en el monte y en la llanura. Los acuerdos cooperativos que dan formas a las coaliciones pueden hacerse por penetración territorial o por difusión territorial. Esto está tomado de un politólogo italiano que se concentró en la formación de partidos políticos, pero que bien aplica en estos contextos.

El primer modelo de construcción se caracteriza por un centro político que controla todo el proceso. Aquí hay un grupo de dirigentes que representa a una sola provincia o unas pocas, que son quienes toman las decisiones centrales en torno a nombres, logos y candidaturas, y que fijan las reglas de la cooperación. Además de eso, la estructura política con la que hacen el acuerdo tiene un grado de concentración regional alta: no está muy extendido en el territorio. Salen desde un distrito hacia el resto del país. Lo cual, en cierta medida, los obliga a buscar aliados en la mayoría de las provincias del país.

El segundo modelo es el polo opuesto. En este caso, los dirigentes que toman las decisiones son más representativos de más provincias y la estructura con la que impulsan la construcción coalicional está más diseminada. No tienen que salir tanto porque ya están. Adicionalmente, no suele haber un grado de control tan alto de esta mesa directiva sobre el proceso: si bien establecen algunos criterios generales para la conformación de los acuerdos en las provincias en torno a aliados y candidaturas, hay un mayor reparto del peso decisor entre los líderes nacionales y los referentes provinciales.

Sería algo así.






Fuente: Elaboración propia, diseñado para la tesis de maestría (2015) y replicado en la doctoral (2018).

Más o menos, todo el juego coalicional se reduce a estos dos grandes modelos de construcción. Los responsables de encarar este proceso son los dirigentes políticos: ahí es donde tenemos que ir a buscar la data y estudiar el fenómeno.

Claro que no todos tienen el mismo resultado. En el fondo, son personas. Los que privilegian la penetración territorial tienden a conformar acuerdos menos sólidos en la mayor parte de las provincias. Les cuesta mantener a todos adentro porque algunos socios se van a otras coaliciones o, incluso, no llegan a encontrar aliados en determinadas provincias. Y sin fierros en el distrito, no se pueden presentar listas de diputados nacionales. En cambio, los que siguen la difusión territorial suelen conformar acuerdos más sólidos e inclusivos con todos sus socios dentro o, al menos, presentando listas colectoras. Pueden presentar listas en cada provincia. Y, en algunos casos, tienen más chances de ganar.

¿Cómo se hicieron las coaliciones en Argentina y qué resultados tuvieron?

Para adentrarme en esta maraña de acuerdos y desacuerdos, tuve que ir a buscar a los dirigentes. A quienes tomaron las decisiones. A los que estuvieron detrás de todo. A los que conocen. A quienes hicieron y deshicieron. Y con resultados productivos, pude conocer a referentes de todas las coaliciones electorales presidenciales que compitieron desde 1995 hasta 2015 inclusive. Les pregunté sobre cómo las hicieron, qué reglas definieron y quiénes fueron los involucrados. Luego me fijé cuál fue el resultado de esos acuerdos en cada una de las provincias para la competencia por diputados nacionales. Y más o menos la cosa viene así.

Las coaliciones peronistas oficialistas (Concertación Justicialista para el Cambio de 1999, y Frente para la Victoria modelos 2003, 2007 y 2015) tuvieron características similares. El candidato presidencial privilegió la carrera por Balcarce 50 y solo intervino en su distrito de procedencia: Eduardo Duhalde lo hizo en Provincia de Buenos Aires, Néstor Kirchner en Santa Cruz (2003) y Buenos Aires (2007), y Daniel Scioli también en territorio bonaerense (2015). El resto de las provincias quedó para que sean armadas por los referentes distritales del peronismo, sin injerencia relevante del líder nacional. Cooperación.

Cristina Fernández de Kirchner (2011) rompió con esa lógica. Concentró su decisión en una mesa directiva muy reducida, con poco balance geográfico y de extrema confianza, dejando muy poco margen a los líderes provinciales para el armado de las listas legislativas. Dirección. Todo quedó tapado con su alta intención de voto, con el 54% y con la dispersión opositora. Contexto.

Estos 5 casos, sin embargo, lograron mantener a todos con los pies adentro del plato. Prácticamente no hubo aliados perdidos o fuera del acuerdo. El peso de los oficialismos.

En cambio, las coaliciones radicales tuvieron mayor variación. La Alianza con el FREPASO (1999) y la Concertación Una Nación Avanzada con Roberto Lavagna (2007) tuvieron una mesa directiva representativa y balanceada en términos territoriales, además de una estructura política extendida. Ambos casos favorecieron la conformación de coaliciones electorales bien armadas y unidas. La Unión para el Desarrollo Social entre Ricardo Alfonsín y Francisco De Narváez (2011) fue la piedra en el zapato del radicalismo. Quienes tomaron las decisiones fueron unos pocos, concentrados en la Provincia de Buenos Aires y con serias dificultades para encontrar amigos en otras provincias. No se arma solo con el 37% del electorado.

La construcción de Cambiemos entre UCR, PRO y CC-ARI (2015) aprendió de 1999 y 2007. Como me dijo un radical, “no había que ser dogmáticos en lo instrumental”. El armado cambiemita fue impulsado por una mesa directiva conformada por dirigentes de varios distritos, aunque con una importancia destacada de la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires. A las limitaciones territoriales de PRO y CC-ARI colaboró la estructura de los 100 años radicales. Y, como frutilla del postre, el esquema decisor operó de manera cooperativa y funcional. Los partidos aportaron dirigentes para la conformación de mesas que se encargaron de cada uno de los ejes relevantes de campaña: las candidaturas, los programas de gobierno y el contenido del mensaje electoral. Cada una de ellas estuvo conectada por una red de dirigentes que funcionó como nexo entre cada equipo, con una coordinación general en el centro. Algo sui géneris.

En un tercer grupo se ubican las coaliciones que surgieron con fuerte impulso penetrando desde los distritos metropolitanos. Afirmación por una República Igualitaria (2003) y Confederación Coalición Cívica (2007) de Elisa Carrió, Movimiento Federal para Recrear el Crecimiento (2003) de Ricardo López Murphy y el Frente Amplio Progresista (2011) con los amigos de Hermes Binner. Los lilitos siempre tuvieron mesas directivas con dirigentes de unas pocas provincias. Carrió corta el bacalao. Es ella. Lograron presentar listas de diputados en casi todos los distritos, aunque mayormente solos y sin nuevos aliados. López Murphy fue el caso opuesto: tuvo apoyos de muchos dirigentes provinciales (mayormente conservadores), pero no logró extender su presencia territorial. Y casi entra en ballotage.

El FAP fue una evolución. Quienes construyeron el acuerdo pertenecieron a varias provincias y el esquema decisor fue balanceado en términos generales. Cada uno de ellos aportó la estructura construida en años de militancia progresista diferenciada del kirchnerismo. Y en gran parte del país pudieron presentar listas de diputados nacionales con diversos aliados. Pero también los tapó el 54%.

Otro agrupamiento de coaliciones son las peronistas disidentes, modelo clásico de penetración territorial. Me refiero a las formadas por Alberto y Adolfos Rodríguez Saá (2003 a 2015 ininterrumpidamente), el Frente Popular de Duhalde y Mario Das Neves (2011) y el massismo de UNA (2015). Casi todas ellas tuvieron una cantidad de recursos políticos limitados y concentrados en una parte del país: San Luis, Provincia de Buenos y Chubut (en menor medida). Los resultados, en consecuencia, fueron magros.

Solo Sergio Massa se sale del libreto. El proceso de construcción resulta muy interesante porque no solo se inscribe dentro del modelo clásico, sino porque tuvo sus etapas. Primero, con “el Grupo de los 8”. Posteriormente, con la ampliación de su mesa política y de crecimiento de sus apoyos territoriales. Y, al final, al convertirse en el actor del desempate en el tiempo de descuento que fueron las elecciones generales del 2015. Desde 2009 hasta llegar el 3° lugar del 21,39%, el mismo Massa se encargó de encontrar en cada distrito del país un referente propio. Con estructura, con fierros, con movilización. Aunque no parezca, él estuvo ahí.

El último lugar (pero no adrede) es para las coaliciones del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (2011 y 2015). Al PO, PTS e Izquierda Socialista nunca le faltaron dirigentes, solo les faltaron partidos. En el proceso de construcción que comenzó como reacción a la reforma política del 2010, los herederos argentinos de León Trotsky se concentraron en sobrevivir. El problema que siempre tuvo la izquierda fue la de mantener la personería jurídica en cada provincia, lo cual resultó ser un ejercicio diario de 24x7 para muchos de sus líderes provinciales. Motivo por el cual, al criterio federal de contar con un referente en cada distrito se le contrapuso la imposibilidad de poder presentar legalmente diputados nacionales donde no tuvieran un sello propio. Porque buscar otros aliados está fuera de la discusión.

Postfacio

Las coaliciones se arman. Son procesos políticos que pueden ser entendidos como un castillo de naipes (house of cards): quienes tienen el control de las cartas (los partidos políticos) van uniendo unas con otras hasta formar una pirámide (coalición) que tiene como objetivo lograr cargos públicos en juego (electoral) y para ello se forma en varios distritos (multinivel). Cómo apilan esas cartas, cuántas son y hasta dónde llegan es la clave.

Quiénes lo hacen es la otra. Apilarlas, conectarlas y armar pisos sólidos para los niveles superiores tiene sus dificultades. El grado de autonomía con la que cuentan quienes se sientan en la mesa es muy alto. Los intereses que a veces tienen son distintos. Y el diagnóstico que hacen no siempre coincide. Cuando las voluntades se juntan, los resultados brotan. Como me dijo un dirigente del PS, “el tema es que cada vez se hace más difícil encontrar a tu aliado”. En el fondo de todo, hay dirigentes.

Sigo creyendo que esa es la fórmula política indicada para escenarios de competencia electoral donde la desnacionalización es una tendencia marcada, recurrente y, a veces, sostenida. Yo creo que llegaron para quedarse. Y dudo que se vayan.

Sino, pregúntenle al FIT: “Nosotros somos más chicos. Pero vamos a cualquier lugar con el cartelito del Frente de Izquierda y se abren las puertas”.

#Diagonales.com Los actores que supimos conseguir

Los primeros meses de este año fueron de paciencia. Primero, porque Leviatán estuvo con esa cosita llamada #tesis que dejó algunas lagunas mentales necesarias de ser rellenadas. De hecho, ya peloteamos acá un poco de los sentimientos y sensaciones que produce esa amorosa tortura académica. Segundo, porque no pasaba nada. Al menos acá, en la Pampa Criolla no pasaba nada. Bueno, hasta ahora, en estas semanas de abril y mayo donde la economía le sacó el lugar de tapa a la política.

Para que vuela la política (que es buena) y con algo de demora, republico dos peloteos que tuve con Doña Rosa sobre esa palabrita que tanto gusta por acá: coaliciones. Primero sale con fritas una escrita para el portal Diagonales.com, por invitación de Sebastián Lacalle. El original está acá. La otra sale a continuación en posteoaparte.

Porque hacer ciencia política para divulgar está de moda.

Los actores que supimos conseguir

Facundo Cruz (@facucruz). Politólogo (UADE), Profesor (UBA-UTDT) y Doctor en Ciencia Política (UNSAM). Tiene un hijo que se llama El Leviatán A Sueldo que cuida cada tanto.

La política partidaria ha cambiado en las últimas dos décadas. En la ciencia política hemos llenado congresos, seminarios y encuentros científicos con dos ideas centrales. La primera es lo que nos gusta llamar desnacionalización: en cada provincia, para cada cargo público en juego y en cada elección los electores votan distinto y los actores no son los mismos. La segunda es que el proceso de descentralización administrativa, fiscal y política que comenzó a mediados de la década de los ’90 modificó las reglas que vinculan a los actores políticos. Las provincias se volvieron importantes. Al igual que los gobernadores, sus diputados y sus senadores. Territorio, territorio, territorio.

Ambos procesos se reforzaron mutuamente para que hoy los actores políticos hayan apelado a una estrategia de supervivencia propia: las coaliciones. Desde 1999 en adelante dejó de ser una norma ver la Lista 2 y Lista 3 en el cuarto oscuro. Ahora, hay un ejercicio constante por instalar nuevos nombres, nuevos números y nuevas siglas. La dinámica de competencia electoral actual es coalicional. Y de ejercicio del gobierno también.

Esta obsesión dirigencial por el control territorial les dio a las coaliciones un componente adicional: su construcción entre distintos niveles. Podemos pensar estos acuerdos como una House of Cards. No es la serie. Son las cartas (los partidos) que se conectan unos con otros (arman coaliciones) y se van apilando formando distintos niveles (municipal, provincial y nacional) hasta llegar a la cima (la presidencia). Esto no es novedad en la política argentina. Pero hoy podemos verlo.

Estos procesos de construcción han tenido grados de éxito y fracaso desde el retorno a la democracia. Los cuales, a su vez, se han vuelto más complejos para ser comprendidos. Mejor para nosotros.

El Alfonsinismo de los ’80 fue, tal vez, la última experiencia partidaria pura, lisa, neta y llana de la que tengamos memoria. Con lo cual queda fuera del análisis. El Menemismo, en cambio, fue el primero ensayo innovador en esta dirección. Desde Anillaco llegó la ampliación de la coalición peronista hacia la UCeDé, hacia los empresarios y hacia segundas líneas de partidos menores. La victoria electoral fue de los herederos de Perón, pero el ejercicio del gobierno fue su ampliación. El problema devino con la sucesión, con el traslado de La Rioja a Lomas de Zamora.

La Alianza fue no solo una palabra que llegó para quedarse sino la primera experiencia de coalición formal que supimos conseguir. El partido centenario de la UCR junto con la década del FREPASO despertaron tanto entusiasmo como euforia. La euforia se convirtió en suspicacia, en descontento y en desilusión. Falló en el desbalance de peso interno entre ambos partidos, en la imposibilidad de procesar las diferencias naturales entre ellos, pero sobre todo en el estilo del liderazgo presidencial. Separando la paja del trigo, quedan las personas.

La transición post-2001 nos dejó el Kirchnerismo con la presencia de un actor dominante con centro en un Peronismo renovado hacia la centro-izquierda, junto a nuevos actores partidarios de signo similar. Aunque no pareciera claro a simple vista, Néstor Kirchner, Cristina Fernández y otros imprimieron una dinámica coalicional a la construcción de poder. No se veía, pero ahí estaba. La novedad fueron los nuevos partidos aliados creados desde la propia estructura estatal (Kolina, MIDES y Nuevo Encuentro, por ejemplo). El problema (y el error) fue la historia repetida como tragedia: la sucesión. Pero esta vez, desde Calafate hasta La Ñata.

Con Cambiemos tenemos una experiencia sui-generis que poco se parece a la Alianza. Que aprendió de sus errores. Y que nosotros mismos la estamos descubriendo. Los socios han acordado una división que es doblemente territorial y funcional. En cuanto a la primera, la UCR se concentra en la periferia del interior, PRO y CC-ARI en la zona metropolitana. En la segunda, PRO concentra la decisión y la estrategia ejecutiva nacional, mientras que radicales y lilitos sostienen el escudo defensivo en el Congreso Nacional. Lo estamos viendo día a día. Cada cual atiende su juego. Cada cual comete sus errores. La solución, por ahora, es colectiva.

Este rastrillaje histórico deja una enseñanza. ¿Qué sacamos en limpio? Las coaliciones no siempre resultan sencillas de construir. Apilar las cartas, conectarlas y armar pisos sólidos para los niveles superiores tiene sus dificultades. Para que se mantengan, las reglas del juego son la clave. Pero la peculiaridad argentina es su informalidad: ninguno de los acuerdos coalicionales analizados han alcanzado un grado alto de formalización. Nadie tiene una birome.

El problema es que para jugar a las cartas hay que aprender. De sus reglas y de su funcionamiento. Si no, está el solitario. Que tiene lo propio.

Ahí viene la tentación. Saltar de un juego a otro es lo que las desarma.

31 enero 2018

Qué hacemos todos los días (y por qué)


Hace algunos meses estaba en pleno proceso de tesis. La maldita tesis. Era septiembre. Y luego de una entrevista a Alain Rouquié en Odisea Argentina, se me ocurrió escribir esto. En noviembre publicamos con las socias esta otra nota. Lo que tienen en común es algo bastante sencillo pero muy sincero para quienes nos dedicamos a hacer ciencia política: el por qué.

Dos semanas atrás terminé eso que estaba en pleno proceso en septiembre, cuando escribí la primera. Entregué el documento digital el 16 de enero, y los impresos ayer mismo. Se cerró una etapa. Algo grande. La tesis es como un hijo (que no tengo) o como una mascota (que sí tengo): le dedicas todo todos los días todo el día. La diferencia es que la tesis en un momento termina. Eso fue hace unas semanas.

Me dieron ganas y le pedí a Leviatán que reprodujera los agradecimientos de la tesis doctoral. Con el ok de Doña Rosa, claro. Sino, hay tabla. Acá no hay gráficos ni colores. Tampoco hay hipótesis atrevidas. Ni chistes sobre Massa. Acá lo que hay es la parte humana, interna y propia de un mamotreto. Uno de 287 páginas. Uno que busca respetar las reglas, procedimientos y procesos que la disciplina nos pide a quienes nos dedicamos a hacer ciencia política.

La tesis es un proceso que se te mete en la cabeza 24x7. Vas al súper y pensas en la metodología. Te tomas el subte y re-escribís en tu cabeza los casos. Vas a comer un asado el fin de semana y se te ocurre una nueva variable. Te estas bañando y te das cuenta de que te olvidaste ajustar el modelo para que la presentación del resultado sea más legible. Como dije, todo todos los días todo el día. Así, meses, años.

El proceso es humano. Aunque somos politólogos, también somos personas. Esa parte humana es la que tenemos para contar el por qué, contarnos a nosotros y contar con quienes lo hicimos. Es la que sigue.

Construyendo House of Cards. Partidos y coaliciones en Argentina, 1995-2015.

Como todas las tesis doctorales, tiene una larga historia detrás. Como todas las tesis, está entrecruzada por historias, anécdotas y relatos que tienen como protagonista central a quien escribe estas líneas, pero que conecta a un montón de personas más. Como toda tesis, hay un dejo egoísta en el fondo: estas páginas son producto de muchos que se acercaron, aportaron, debatieron, leyeron o simplemente escucharon. Pero la firma es una sola. En estas carillas, quiero compensar esta falla estructural.

Las coaliciones llegaron a mi mente hace más de 8 años. Pasa como suele pasar con quienes estudiamos ciencia política: un día vas por la calle, en el tren, en el subte, estás en clase, estás en un asado, vas a comer algo, te cruzas con un amigo, lees un libro. Y te aparece una idea. A mí me marcó mucho en mi carrera de grado el texto de Barbara Geddes, “Paradigms and Sand Castles: Theory Building and Research Design in Comparative Politics”, publicado en 1999. Ahí entendí que, si vas a agarrar un tema, tiene que ser algo que de verdad te apasione, te movilice, te caliente (esto último lo agrego yo de bruto). Bueno, eso fueron las coaliciones para mí. Porque cuando me crucé con el libro de María Matilde Ollier “Las coaliciones políticas en la Argentina. El caso de la Alianza” (2001) ahí me calenté. Quería saber por qué algunas experiencias coalicionales salían mal. Y otras bien. Así fue mi primer trabajo presentado en un congreso y el primero publicado.

Conocer más en profundidad la Argentina y su dinámica política me llevaron en una dirección que quería (en el fondo) pero que no sabía que estaba: las coaliciones electorales. Eso suele pasar con los temas: a veces los pensas un montón, pero después terminas haciendo otra cosa. Eso también es ciencia política. En ese cambio, me encontré con tres profesores que fueron claves en mi formación doctoral. De ellos aprendí que uno siempre puede superarse. Y acá arranca el primer agradecimiento.

Jamás me hubiera encaminado en una empresa de esta envergadura si no hubiera contado con el respaldo de Miguel De Luca, mi Director de proyecto, de beca, profesor, colega docente, padre académico y amigo. Fue clave desde los comienzos, antes de que estuviera escrita la primera carilla de una idea que empezaba a ser tesis y que terminó en dos: la de maestría y la doctoral, ambas dirigidas por él. Discutimos marco teórico, metodología, estrategias de investigación, casos, hallazgos. Todo de cero. Una cuenta corriente en bares de café. Le debo mis primeros pasos en el mundo de esta hermosa disciplina, con quien no sólo aprendí que implica investigar sino también el afecto y dedicación a algo que uno ama. Y, lo más importante, que no hay ciencia sin política.

También a Flavia Freidenberg, Co-Directora de la tesis de maestría que fue el antecedente de esta tesis doctoral. Con ella compartí la posibilidad de repensar América Latina desde otra mirada y el convencimiento de que cualquier investigación que uno quiera encarar es posible con ganas y algunas ideas locas. Un mes en Salamanca me confirmaron su calidad humana y docente. Marcelo Escolar solo sufrió durante esta tesis. No tuvo que aguantar las consultas en la previa. A él lo tuve de profesor en la Maestría en Análisis, Derecho y Gestión electoral en la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de General San Martín (EPYG – UNSAM). Pude ver con sus materias, textos, discusiones e intercambios que no todo lo que está escrito ocurre tal cual pensamos que ocurre. Que las teorías y los datos no siempre dicen todo. Y que muchos fenómenos pasan porque no pensamos bien nuestros conceptos y definiciones: que es bueno que sigamos creándolos, que no nos quedemos.

Quiero hacer un agradecimiento especial a Aníbal Pérez Liñán. Y esto por varias razones. Quienes han interactuado con él saben de su calidad humana, su genialidad académica y su dedicación concentrada cuando alguien solicita su ayuda, ya sea vía Skype, presencial o una simple cadena diaria de e-mails. Aníbal me dio una gran mano cuando tuve algunos encontronazos con la metodología de esta tesis doctoral. Nos peleábamos un poco, pero él intercedió. Incluso, fue quien me abrió los ojos y las ideas a trabajar con el método cualitativo comparado (Qualitative Comparative Analysis, QCA) en una estancia de investigación en la Universidad de Salamanca, allá por mediados del 2014. Por todo eso, gracias a él. Porque si hay algo con lo que los tesistas renegamos es con la metodología. Y él lo hizo más fácil.

Ahora, como dice Douglas North, si hubo personas, también hubo instituciones. Todo esto no hubiera sido posible si no me hubiera encontrado el Programa de Becarios Doctorales del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). En un momento de quiebre y cambio personal profundo, esta institución fue clave en el financiamiento, el apoyo y el sostén para que pudiera dedicarme a la docencia y a la investigación académica con una beca doctoral. Oportunidad que, además, me brindó el tiempo necesario. Todo por el motor de la pasión inicial. Un giro de 180%, en muchos sentidos.

También quiero agradecer a otra institución que fue la que me alojó para empezar, transcurrir y culminar mis estudios de posgrado: la UNSAM. Su programa de doctorado me entusiasmó desde el primer día. En este lugar donde pude debatir, compartir e intercambiar con profesores de primer nivel de la ciencia política nacional, regional e internacional. Sobre todo, pude aprender. Sin aprendizaje no hay tesis doctoral. Y en ese lugar, pude hacerlo.

Mis compañeros de la cursada del Doctorado en Ciencia Política tuvieron muchísimo que ver con estas páginas. Yo ya perdí la cuenta sobre cuántas clases del taller de tesis escucharon hablar sobre los modelos de construcción y esa palabra que repito cada vez que puedo: coaliciones. Con ellos transcurrí todas las materias de cursada y me enfrasqué en eso que todos tememos cuando empezamos esta etapa del posgrado: pensar un tema, armar una hipótesis, diseñar un proceso de investigación. Encima de todo eso, teníamos que comentarnos nuestros proyectos y avances de tesis. Pobres ellos. Parece un martirio, a veces lo es. Más aún los sábados donde cerraba el kiosco de la planta baja. Pero no nos hacíamos la rata. Por eso, gracias a Sil Mondino, Solange Novelle, Gaby Marzonetto, Juli Pérez Zorrilla, Itatí Moreno, Ale Lizbona Cohen, Andrea Delbono, Brenda Fernández, María Nevia Vera, Fran Olego, “Lucho” Karamaneff, Cristian Rodríguez Salas, Aníbal Germán Torres, Pablo Palumbo y “Gogo” Sarasqueta, Christian Asinelli y “Charly” Adrianzén.

Ahora, si de coaliciones se vive, en estos años pude participar de una que me potenció ideas, desafíos, innovaciones y nuevas ideas. Y me encantó. Fue el grupo de investigación en ciencia política “Coaliciones Políticas en América Latina: Análisis en Perspectiva Multinivel”, radicado en la Universidad de Buenos Aires. Por allí pasaron un gran número de estudiantes y jóvenes graduados que también se apasionaron por ese tema. Desde 2014 que venimos haciendo bulla en redes sociales y congresos. Varios de ellos, en los momentos en que no se aburrieron, prestaron atención a cuestiones relacionadas con esta tesis. Me ayudaron a ser mejor investigador. Por eso, gracias a Anabella Molina, Iván Seira, Natan Skigin y Juan Rodil, los fieles de acero en facultades, vinotecas, ciudades del interior y canchas de básquet.

Esta investigación nunca hubiera sido posible sin el aporte fundamental de los entrevistados que dedicaron tiempos, ideas, discusiones y relatos que me abrieron los ojos, me despertaron preguntas y me dieron el sustento empírico para avanzar con la investigación. Me contaron los hechos. Lo que pasó. Lo que no pasó. Lo que pocos saben. Lo que muchos se imaginan. Lo que nadie escribió. A ellos, anónimos colaboradores, les debo los hallazgos de este trabajo y la materia prima con la que lo nutrieron. Lo tendrán como aporte para discusión interna. Porque de ellos tengo más de 80 horas de diálogo sobre la política argentina y sus problemas. Mención especial quiero hacer a Sabrina Ajmechet, Horacio Barreiro, Cristián Benson, Maximiliano Campos Ríos, Javier Correa, el mismo Miguel De Luca, Esteban Lo Presti, Diego Martínez, Mariano Montes, Pablo Juliano, Lilia Puig de Stubrin, Juan Rodil, Noelia Ruiz, Gonzalo “Gogo” Sarasqueta, Fernando Manuel Suárez, Luis Tonelli, Saúl Ubaldini (h), Abelardo Vitale y Nahuel Welly. Todos ellos facilitaron contactos para las entrevistas, confiaron su reputación en este proyecto y en esta persona. Todos ellos, una multipartidaria completa.

Por último, no quiero dejar de agradecer a dos personas que estuvieron presentes en todo este proceso. En gran parte de los 5 años que llevó este trabajo de investigación encontré dos socias con las que no solo comparto la misma pasión geddesiana, sino que también son excelentes compañeras de vida. Con Paula “Paduis” Clerici y Lara “La Gringa” Goyburu he crecido académicamente más de lo que hubiera imaginado. Discusiones sobre teoría, hallazgos, casos concretos y nuevos métodos para estudiar las coaliciones. Encima de este lastre que acarrean, ambas se tomaron el tiempo de leer las versiones preliminares de esta tesis doctoral. También lo hicieron con la de maestría. Fiel a su estilo obsesivo-detallista, anotaron cada coma de más, cada idea descolgada y cada exageración propia. Hasta las veces donde la redacción parecía más blog que ciencia empírica aplicada. Cosas de todos los días que a uno le pasan. Por suerte alguien inventó el “Control de Cambios”. “Paduis” me desafió en los primeros borradores a hacer una buena metodología y a responder interrogantes sobre casos que poco han sido estudiados. Con “La Gringa” Lara empecé a entender a la Unión Cívica Radical, con mucho café, alguna bebida vitivinícola e infinitas charlas. Ella, igual, todavía tiene tarea por delante.

Mis amigos, “los pibes” y “los pibes de básquet”, también tuvieron mucho que ver en esta evolución académica. Para quienes ser becario te permite seguir la Champions League y levantarte tarde, esta investigación les da para leer algo de lo que se hace en CONICET. Apoyaron cada paso que di desde el primer día que les conté que dejaba mi trabajo y me iba a dedicar a investigar. Seguro genere debates en el próximo asado. Pero salvando la grieta.

Para el final queda la dedicatoria. Mi familia nunca pudo zafar en todo este proceso, por eso se lo merecen. Mis viejos, los socios mayores Carlos y Adriana, y mis dos hermanas, las socias menores María y Pilar. Con esta coalición por penetración territorial llegamos de Mendoza en los albores del menemismo y en la incipiente formación del FREPASO. Muchos dicen que hay cosas que de pibe te marcan mucho. Bueno, en ese gran cambio que tuvimos nosotros 5 mucho tiene que ver la selección de uno de los casos. El otro caso, tiene otra historia. Cuando les dije que luego de la primer tesis se venía una segunda, respiraron aliviados: ya no estaba viviendo con ellos. Pero siempre estuvieron presentes. Nunca cambiaron las reglas. Es algo que aprecio mucho.

Porque, en definitiva, me parece que todo es un proceso coalicional. Yo dije que era pesado con el tema. Pero piénsenlo así. En cada paso que uno da para pensar en el siguiente, siempre precisa de un socio. Los 5 años que disfruté de investigar gracias al CONICET aprendí eso. Yo tuve la fortuna de contar con todos ellos.

11 diciembre 2017

#Diagonales.com Desensillar hasta que aclare

Peronismo en la oposición (nacional). En democracia. Raro. Porque durante la democracia imposible de 1955-1983 sobró análisis. Pero en democracia, poco acostumbrados. Ese hecho, a veces, fortuito. Que deriva en la máxima periodística de su inevitable desaparición.
Exagerados, para variar. Lo bueno fue que en el sitio Diagonales.com preguntaron si queríamos dar desde acá un debate. A nuestro juego nos llamaron. Renovación dirigencial y renovación de contenido. Los dos pilares. La nota publicada original, como siempre, acá.

Desensillar hasta que aclare

Facundo Cruz (@facucruz), Politólogo (UADE), Profesor (UBA-UTDT) y Magíster (UNSAM). Tiene un hijo que se llama El Leviatán A Sueldo que cuida cada tanto.

El Peronismo se encuentra en una nueva fase de renovación. La segunda desde la vuelta a la democracia. La disputa es entre el interior y la Provincia de Buenos Aires. Pero también hay nuevos desafíos electorales: una nueva generación que no conoce sus tres banderas históricas. Por eso, la renovación de este período es doble: dirigencial y de contenido político.

Si hay algo que ha atravesado la historia del Peronismo como movimiento político es el debate sobre su organización. Debate que aflora no tanto cuando ocupa el gobierno nacional, sino más bien cuando eventualmente le toca el rol de oposición. Pasó en los cortos e interrumpidos períodos democráticos entre 1955 y 1983. Le pasó en su primera vez, la que transcurrió entre 1983 y 1989. Volvió a pasarle con la aparición de la Alianza, pero solo por dos años. Y ahora, en medio de la olla a presión que implicó perder frente a Cambiemos en 2015.

El debate actual se centra en la máxima de que falta un proyecto nacional. Es cierto. Al Peronismo se lo estudia y analiza más críticamente en la oposición. Hoy en día parece más un cúmulo de dirigentes con estructuras provinciales, descoordinados y sin objetivos comunes, antes que un movimiento político con dirección común, funciones y, sobre todo, recursos.

El problema que enfrenta para encontrar estos elementos es la falta de Estado. El Peronismo fue el movimiento político del Siglo XX que mejor entendió cómo usar los recursos de poder para construir, hacer, replicar y acordar política. A la Renovación Peronista le llevó 6 años volver a ese ruedo. Hoy vamos recién 2 años y el mandato presidencial ahora es de 4 años que se pueden duplicar. Paciencia.

El otro punto en común con la primera vez es la falta de la Provincia de Buenos Aires. Se la extraña mucho. Tal como indicamos con Lara Goyburu, esa brújula que permite ordenar y marcar el norte al resto del país peronista hoy desorienta. Porque está ausente. Recuperarla puede ser el paso a paso de una secuencia bien pensada, planificada y ordenada.

Pero esta brújula es hoy un submundo de nuevas complicaciones. Es en territorio bonaerense donde más se siente la pelea por la renovación. Si en 1983 el problema eran los sindicatos, hoy lo es el Kirchnerismo por dos razones. Primero, que Cristina Fernández de Kirchner hoy tiene los votos de la Provincia de Buenos Aires, y se los sacó al Partido Justicialista. Segundo, porque la socialización política que empujó el Peronismo en los últimos 15 años la hizo el Frente para la Victoria, no el PJ. Esta nueva generación política es millennial, vive en las redes sociales y (si hay suerte) estudió las tres banderas históricas, nunca las vio. En esa generación Peronismo es sinónimo de Kirchnerismo. Hay entonces que recuperarlo, o buscar otro. Porque la frase “No hay peronismo sin Perón” tiene poco sentido para las nuevas generaciones. Para ellas, no hay Peronismo sin Néstor ni Cristina.

El problema es que nadie parece querer colaborar con su grano de arena. Perder la provincia implicó crear uno, dos, tres, muchos Peronismos. Como el sueño guevarista, pero dividiendo en vez de replicando.

Gustavo Menéndez quiere traer a Sergio Massa de regreso por la puerta grande, pero los gobernadores no quieren a sus diputados. Un bloque de diputados nacionales que puede llegar a unos 30 y otro de unos 20, cuándo podría ser uno solo de casi 50. Parece a propósito, y sí lo es. Hasta en la Legislatura bonaerense los imitan. Cuando la pelea con el Kirchnerismo la ganan en el Senado nacional, no ayudan a hacerlo en la Cámara de Diputados. Solo se contentan con ser la llave de la gobernabilidad. La garantía histórica de vigencia de nuestro sistema político.

Esto no es nuevo. La pelea de fondo se viene sintiendo desde el año 2010. La muerte de Néstor Kirchner trastocó la lógica de construcción política. Hasta entonces, el FPV-PJ que ganó en el año 2003 había respetado la regla interna de la coalición peronista: el candidato a Presidente juega en la nacional, arma en su pago provincial y deja a los demás que arrastran hacerlo en los suyos. Pero 2011 cambió mucho todo: la mesa de unos 20 y pico pasó a ser de solo 3 que armaron todo. Se la junaron.

Desde entonces, el Peronismo del interior espera sus chances para enfrentarse al Kirchnerismo más duro. El primer round fueron las legislativas del año 2017. El segundo serán las generales del 2019. Si se sigue el sueño guevarista, entonces lo más seguro es cuidar el pago propio. Volver al palenque. Reconocer a la nueva generación política. Y empezar a hablarle.

Aceptar la tesis de que hay que desensillar hasta que aclare, implica preguntarse si se acepta jugar a perder en la arena nacional, mientras se gana o resiste en la provincial. Esto nunca pasó en el Peronismo. Enfrente tiene a la primer coalición en la historia argentina que le disputa el conocimiento del uso del Estado para hacer política. Se armaron y ganaron. Pueden repetir en dos años.

Bueno, siempre hay una primera vez.