Esta
nota nació en la efervescencia popular, al calor del entusiasmo, en la ansiedad
del resultado, en la decepción del final. Nació en un bar cerca de mi actual
oficina, en pleno proceso de incorporación. Era una de las últimas entrevistas,
y ya era norma pasar a tomar un café antes de entrar. Me terminó gustando tanto
el bar que me hice amigo de los dueños y siempre que puedo voy a tomar un
espresso a la barra. Bueno, ahora en pandemia no. Aquella vez pasé antes por el
café y después por el almuerzo. Con el espresso doble después de comer me puse
a esbozar algo que venía dando vueltas en mi cabeza: la discusión, el debate y
la movilización por el proyecto IVE marcaba en aquellos meses un cambio de la
generación post 2001. Esta trae esperanzas, más no decepción. Acá la nota publicada en
Panamá Revista, gracias a Pablo, Alejandro y Martín por el espacio de siempre.
Las
generaciones
Facundo Cruz
Volvieron las movilizaciones.
Volvieron los bombos. Volvieron los colores. Volvió la tensión de una votación
legislativa. Volvieron los argumentos. Pero también las irracionalidades.
Volvió la política. Y no es
poco. Para una generación que se formó al calor de los días de diciembre de
2001 y del frío que dejó en muchos, es algo. Es mucho. Es lo que todos
esperábamos que apareciera, surgiera y naciera de vuelta, que se había
derrumbado entre helicópteros, marchas y tragedias. Es lo que en algún momento
iba a aparecer.
Y apareció. Hay una nueva
generación que crece al calor de la política. Una nueva camada de jóvenes
involucrados en esa cosa pública. Se interesa, lee, participa, opina, debate, se
suma a organizaciones, va a las marchas, defiende una idea con ideas. Hace política.
El debate por el proyecto de
interrupción voluntaria del embarazo (IVE) corona un proceso que no es
reciente, pero que sí se viene gestando en la última media década. Una
generación de jóvenes convencidos de que el cambio se hace con política y desde
la política. Una generación que dejó atrás el frío que vino después del calor
del 2001.
Es una generación que está
convencida que el cambio político se logra con la ampliación de derechos. Más
democracia no es solo más debate. La discusión está bien y ayuda. Pero
democracia es más derechos y más igualdad. Es ampliación. Las leyes aprobadas
en los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner sobre matrimonio igualitario
e identidad de género son, por mencionar algunos ejemplos, los pilares sobre
los cuales se ha ido construyendo un discurso amplio, integrador y transversal.
La democracia es tal si más personas se sienten representadas, identificadas y
protegidas en su diversidad. Y esta generación sabe que eso se logra con
política.
Por eso volvió la política. El
desafío es que se quede. El resultado negativo de la votación del proyecto IVE
no es un freno. Es un continuemos. Hagamos más. La voluntad de esta nueva
generación se chocó con el federalismo. Las instituciones avanzan más lento que
los cambios generacionales. Eso le pasa a las revoluciones. Y esta revolución del ’18, como
dijo Pablo Touzon, es
la que nos tiene a todos ahí.
Esta generación no me es
ajena. No escribo desde afuera. Escribo cerca. Hace cinco años, mi generación y
la de mis amigos, los últimos que quedamos de la generación X y los primeros
millennials vivimos que se vayan todos. Vivimos también la plaza vacía de los ‘90.
Como nuestros padres confiaban otra vez y perdían de nuevo. Otra vez le poníamos
el cuerpo a algo y no salía. Otra vez no servía para nada. Salíamos, pero
teníamos que volver a la vida privada. No encontrábamos sentido público. Formarnos
así solía doler.
Pero la nueva generación ve
otra cosa. Los centennials son los primeros que nacen en la vida política y
crecen con ella sin grandes fracasos. El primer encontronazo, como el de ayer,
no los desanima. No hay espacio para tirar todo por la borda. Como dicen
Mariana Mariasch y Celeste Abrevaya, no hay que guardar los
pañuelos, hay que usarlos más. Si no existiera esta generación de veinteañeros
que no vivió el que se vayan todos, la actitud hubiera sido la de siempre. Pero
hay una cuota de esperanza, de que hay que seguir trabajando, cuando caminas
por la calle y ves compromiso con colores.
Vemos esta generación todos
los días. Aprendemos de ella y aprendemos de nosotros. De lo que pensamos. De
lo que podemos pensar. Y de lo que tenemos que hacer. Es una generación que no
discute lo que ya se discutió, sino que discute más. Discute nuevo. Discute el
lenguaje. Discute identidades. Refuerza e innova en valores. Pone sobre la mesa
temas que nunca imaginamos que íbamos a discutir. Eso también es democracia.
Es una generación transversal
a todo lo que conocíamos como política en la Argentina. Se nutre de la
militancia partidaria, pero también se amplía y la expande. Es más que
feminismo. Aprende de él, pero es más grande. Conviven personas de todas las
procedencias, identidades y formaciones políticas. Encuentra los puntos mínimos
de acuerdo. Y propone logros concretos alcanzables. Chocar con el bicameralismo
no tiene que desalentar. Al contrario.
La nueva ola es una
combinación de generaciones. La mía que vio frustraciones y la nueva que ve
esperanza. Eso es política. Sigamos así, ampliemos y avancemos. Nos anima a
seguir y a no bajar las banderas porque hay que sostener los brazos. Nos
interpela a quienes somos jóvenes aún (pero que vamos para viejos) a abrir los
ojos y los oídos.
La generación de los ’70 fue
la revolucionaria. La de los ’80 fue la democrática. La de los ’90 fue la transparente.
La nueva generación está tomando forma y se nutre de todas ellas. Aprovechemos
esta construcción como una oportunidad de demostrar que lo que pasó en el 2001
fue único. Y será otro nunca más. Que no se vayan todos. Que se queden.
Vivamos la nueva generación. Porque algo cambió. Cambió la política. Nada está perdido. ¿Cuánto falta para llegar? No falta nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario