15 agosto 2020

Un politólogo en medio de una cuarentena

La segunda nota pandémica fue sobre la disciplina nerd. A pedido de la universidad quisimos reflexionar sobre qué hacemos nosotros. Acá ya se pelotearon ideas al respecto, también acá y acá. Este tándem politológico se metió con nuestra profesión: las salidas, las entradas y las posibilidades. Porque si algo no nos falta es innovación. Publicada en la web oficial. Salió un debate piola con su difusión.

Un politólogo en medio de una cuarentena

Facundo Cruz

Coordinador Académico de la Lic. en Gobierno y Relaciones Internacionales

Gastón Pérez Alfaro

Docente Funcional Departamento de Gobierno

Un politólogo es un apasionado, de eso no cabe duda. Piensa en política todo el día, todo el tiempo. Pero tiene una dificultad y es explicar qué hace y para qué. Cuando queremos aclararlo dejamos a la mayoría en un gris. Nos escuchan con atención, pero no siempre nos siguen. Nos tratan de entender, pero no siempre comprenden. Tratan de imaginarse nuestra diaria, pero no siempre lo logran.

Acá venimos a decirles que un politólogo también es útil. Y podemos serlo en medio de una crisis. ¿Qué mejor momento para idear la salida a esta situación que aprendiendo de otros países? ¿Alguien empezó a pensar en la reconstrucción post pandemia? Si esto ya pasó antes en la historia, ¿qué aprendimos para mejorar hoy? Un politólogo puede tener respuestas a todas esas preguntas, y más.

Entonces: ¿a qué nos dedicamos? Podemos sintetizar nuestra profesión en tres grandes tareas agrupadas en cuatro grandes áreas profesionales: analizamos, describimos y explicamos; diseñamos e implementamos; discutimos, evaluamos y mejoramos. Esto lo hacemos todos los días, todo el tiempo. La actual pandemia mundial nos sirve como crisis disparadora. Igual, preocúpese: también somos útiles en tiempos de estabilidad.

Gran parte de nuestra formación universitaria y de posgrado nos entrena  en detectar problemas, identificar variables que intervienen, describir procesos complejos, analizar actores y llegar a conclusiones sobre posibles escenarios. No, no predecimos, pero sí nos concentramos en desarrollar las mejores herramientas y estrategias para repetir ese proceso metódico una y otra vez para incidir en la realidad. A la larga, eso es hacer ciencia.

La dificultad que tenemos es que nos enfrentamos a un desafío que otras disciplinas no tienen: estudiamos el poder, sus usos y resultados. Y el poder depende de personas. Aprendemos con eventos, sucesos y fenómenos que están en constante cambio. No la tenemos fácil.

Estas tareas son cotidianas para aquellos colegas que eligen la investigación académica y la docencia, la primer gran área de especialización profesional. Pero no se quedan ahí: es la base para la segunda y tercer área, la del trabajo en el sector público y privado. Si, podemos trabajar tanto en el Estado como en las empresas. Ambos son espacios de toma de decisiones e intervención en la realidad cotidiana. Para lograr márgenes de eficiencia y eficacia, se necesita de información valiosa, procesada, con identificación de factores clave y de actores relevantes. Y, aun así, puede fallar con un Cisne Negro o con un virus incoloro.

Todos los gobiernos siguen un procedimiento a la hora de implementar medidas. La evaluación de la factibilidad en la toma de decisiones resulta clave para que presidentes, ministros y legisladores mantengan niveles de aprobación y apoyo ciudadano altos. Implementar políticas a bajo costo, le dicen en las casas de gobierno. Hoy en día es una máxima de supervivencia: la totalidad de los gobiernos del mundo están realizando este ejercicio diario para enfrentar la actual pandemia mundial de Covid-19. La mayoría mira a sus vecinos cercanos o lejanos para ver qué tal les fue. Eso es comparar, y lo podemos hacer muy bien.

Lo mismo ocurre con el sector privado, cualquiera sea su rubro. Si la rentabilidad, las inversiones y la facturación son principios rectores, entonces necesitan información política procesada. La mayoría de los actores privados ven crujir las tensiones en sus directorios al ponderar los escenarios futuros que enfrenta cada actividad productiva. Acá tendemos puentes: podemos facilitar la interacción entre el sector público y privado, teniendo siempre en cuenta el contexto global, regional y nacional. Eso también se los podemos dar.

Una cuarta área puede agruparse en torno al denominado tercer sector: las ONG, fundaciones y asociaciones no lucrativas. Diferenciadas del sector privado y del público, esta amalgama de organizaciones vela por el desempeño de ambos. ¿Quién diría que acá también podemos aportar? En estos espacios nos especializamos en entender experiencias en otras partes del mundo, en pensar las posibilidades de aplicación en nuestras localidades, provincias y países, y en hacer recomendaciones para el correcto desempeño de Estados y empresas. Podemos, en definitiva, diagnosticar, evaluar y sugerir oportunidades de mejora. La comparación sigue siendo nuestro ariete.

Si, las crisis también son oportunidades. La actual nos ayuda a pensarnos profesionalmente. Los politólogos y las politólogas tenemos aportes para hacer. Tal vez desde los márgenes del mercado, pero sabiendo que la versatilidad y la capacidad de adaptarnos nos posiciona en el mundo.

Si, tenemos para decir y hacer. Mucho. 

Cuestión de Estado

Parece que fue hace años que dictaminaron la cuarentena por la pandemia de Covid-19. La normalidad te lleva a pensar que fue hace banda. Bueno, no fue hace tanto, solo algunos meses. En pleno encierro, cuando andábamos viendo cómo nos acomodábamos todos y el alcohol en gel era un bien suntuario, nos sentamos con una Gringa a pensar el problema macro. Nos metimos con el Estado: en el centro de la escena, el definidor de las reglas, el que marca el timing y el que (no) puede atajar el bicho. Creo que no le pifiamos tanto. Salió en Cenital, con el apoyo de Iván y Juano. Me gusta cuando escribimos juntos, ya tenemos dinámica de pareja.

Cuestión de Estado

Lara Goyburu (@LaraLin78)

Facundo Cruz (@facucruz)

La pandemia producida por el Covid-19 llegó demasiado rápido. Nadie tuvo tiempo de prepararse. Los gobiernos han corrido detrás del problema y nunca llegaron a ponerse adelante. La veloz expansión dejó solamente el aprendizaje vecino para ejecutar prueba y error de manera constante. Mientras tanto, demandamos diariamente, semana a semana, soluciones rápidas a un problema invisible.

El Coronavirus puso en el centro de la escena al Estado. Otra vez, el Estado. No fue el mercado el encargado de salir a ofrecer soluciones. Nunca pudo haberlo sido y esto es lo irónico de la situación: todas las instituciones que los estudios internacionales mostraban que perdían sistemáticamente la confianza de la ciudadanía son hoy las vitales para contener la pandemia. A las sociedades las sostiene el Estado, no el mercado. Si la conectividad internacional generada por la globalización fue uno de los factores de la rápida expansión del virus, los gobiernos con sus herramientas estatales terminaron siendo los responsables de salir a atajarlo. Día a día de definiciones por penales.

En estos 3 meses hemos visto que todas las reacciones a este problema mundial han sido nacionales. Los ámbitos de cooperación internacional han quedado presos de las resoluciones individuales, limitándose únicamente a hacer llamados a la solidaridad comunitaria pero sin poder aportar soluciones concretas ni fondos suficientes. Tan solo la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha intervenido activamente, pero a partir de expertise, conocimiento técnico y recomendaciones, sin inyección de recursos. Los recursos son de los Estados. En esta primera etapa la prueba y el error es nacional; en una segunda etapa vendrá la cooperación internacional para la reconstrucción. Para eso aún falta, y bastante.

Si el Estado está en el centro de la escena, entonces el debate pasa a ser sobre sus capacidades. Los 195 leviatanes tienen las mismas funciones a cargo, pero disímiles recursos, formación, habilidades, herramientas y fondos para enfrentar un problema que es global. Compartir conocimiento ayuda, coordinar acciones contribuye y recibir asistencia auxilia, pero los Estados están solos con lo que tienen frente a la pandemia.

Un problema adicional se suma con las denominadas zonas marrones: regiones donde el Estado no llega con su autoridad y las riendas para ejercerla son tomadas por grupos privados con recursos propios. Si las autoridades oficiales no aplican, ni deciden, ni logran entrar, ¿quién protege? El ejemplo más claro y reciente fue la decisión del PCC (Primer Comando da Capital) en Brasil de implementar por su propia cuenta medidas contra la expansión del Coronavirus en las regiones que controla. Escenarios similares, pero sin presencia de grupos privados, pueden ser foco potencial de rápida expansión del virus sin las medidas de contención apropiadas. El Estado, siempre es el Estado o su ausencia.

Las primeras semanas demandamos eficacia en las decisiones. Reclamamos reacciones rápidas con resultados concretos, necesarios y urgentes. Relegamos a un segundo plano el deseo liberal de disfrutar de nuestra libre circulación para poner la seguridad individual y comunitaria en el primer plano. Hobbes le ganó a Locke y la salud a la república. Pero ahora se viene un segundo momento: evaluar la efectividad de esas decisiones. Aquellas zonas donde el Estado no pudo penetrar previamente se caracterizan por contar con menos recursos económicos y simbólicos, con una alta concentración y aglomeración de personas en preocupantes condiciones habitacionales. Estos son los focos importantes que contener para evitar la propagación del virus. No solo en términos de salud y prevención, sino en cuanto a actividad comercial, seguridad individual y supervivencia familiar.

Un simple ejemplo diario. La economía de estas zonas no está digitalizada, sino que se mueve cotidianamente a través del billete. Para superar la diaria se necesita dinero y solo se acepta en papel o en metal, algo que la propia OMS rechaza en este momento. Las largas colas en cajeros vistas el viernes pasado en municipios cercanos a la General Paz muestran esta tensión: al cruzar la autopista hacia tierra porteña Mercado Pago y el postnet afloran, pero no del otro lado. Esas también son zonas marrones.

Cuando la cadena de pagos que hace mover a la economía se corta donde no hay un resguardo en la autoridad pública, la soledad prima. No todos los Estados estarán entonces en las mismas condiciones para enfrentar este escenario. Así como Recoleta tendrá más herramientas y posibilidades de enfrentar el pico de la curva que Villa Lugano, Canadá las tendrá respecto de la Argentina.

Si, la pandemia llegó demasiado rápido, mientras seguíamos dentro de una grieta que generó más preguntas que respuestas. Nos agarró a todos de sorpresa. Cuando nos percatamos de que la pandemia se volvió un asunto grave, el Estado tomó el volante y cambió el lema: hacer lo imposible con lo posible y que pase la torm 

Una jugada de ataque

Si dos entradas más atrás hablamos de las inestabilidades de la región, el #EvoGate en Argentina sumó un poquito más a la trama. Asumido el Frente de Todos como gobierno, Evo Morales fue recibido como asilado político. Se despertó una polvareda en el país, con tantos vítores como maldiciones. Salió esta nota en TN.com.ar analizando la jugada de Alberto. Lo interesante es que fue el antecedente de un giro en la política exterior hacia la región y el preludio de otras acciones más atrevidas. ¿Vieron que no todo son coaliciones y elecciones?

Una jugada de ataque

En sus dos primeros días de gobierno, Alberto Fernández movió sus piezas con dos hitos de política internacional. El primero fue el miércoles al mediodía, al almorzar con los delegados del gobierno de Donald Trump. El segundo fue ayer jueves, al recibir a Evo Morales como asilado en Argentina y comenzar a tramitar su pedido de refugio político en el país. Una para cada lado.

Sin dudas el arribo del líder del MAS a tierra patria es una jugada que mueve el tablero político regional. Y es de ataque. El golpe sufrido por el gobierno de Evo hace unos meses derivó en una situación de inestabilidad social, política, económica e institucional interna que aún no parece encontrar una base sólida para las nuevas elecciones presidenciales que deben ser convocadas. A eso se suma un aumento de las tensiones entre quienes asumieron el gobierno provisional de Bolivia y los referentes masistas con declaraciones cruzadas, persecución política y pedidos de proscripción. Que Evo esté en Argentina incomoda a Jeanine Yañez y sus principales apoyos.

Pero no son los únicos. Los gobiernos norteamericano y brasileño ya miran de reojo con mala gana. En primer lugar, por las mutuas coincidencias al denunciar el populismo de los recientes gobiernos progresistas de la región, de los cuales Evo Morales es uno de sus más fieles exponentes. En segundo lugar, por ser actores vitales de apoyo para sostener a quienes impulsaron la caída del MAS en Bolivia, tanto en términos ideológicos como políticos y económicos.

En esta partida de a cuatro, el Frente de Todos tiene que lograr un balance. La recepción de Evo marca sin dudas una toma de postura clara en torno al conflicto boliviano que va más allá de la mera interpretación sobre golpes, caídas y transiciones. Busca posicionar a Argentina nuevamente dentro del grupo de países progresistas de la región: que el Grupo de Puebla sea una plataforma política para el futuro. Pero, al mismo tiempo, tiene que contener y mantener aceitados los vínculos con Estados Unidos por la sencilla razón de que es un apoyo clave para renegociar y reestructurar la deuda Argentina. Sin Trump no hay acuerdo.

Esta situación tiene tres condimentos adicionales que movilizan el tablero. El primero: Evo Morales es el jefe de campaña del MAS para las próximas elecciones presidenciales. El segundo: Argentina está más cerca de Bolivia que México. El tercero: en nuestro país viven poco más de 345.000 bolivianos. Son la segundad comunidad extranjera más grande en nuestro país (después de la paraguaya) y la mayor en el exterior. Hay una estrategia.

Adicionalmente, en términos legales el sistema argentino de refugiados no prohíbe expresamente realizar declaraciones o actos políticos. La Ley N° 26.165 no establece esta prohibición para quien recibe la condición de refugiado de parte del Estado Nacional. Así pueden leerse las declaraciones de Felipe Solá, Canciller argentino, al solicitar a Evo Morales extrema cautela en su estadía en nuestro territorio.

La jugada, si bien fue de ataque, no debería ser una sorpresa. ni tiene que ser atribuida exclusivamente a Cristina Fernández de Kirchner. El Presidente Fernández fue un actor clave en la construcción de los vínculos políticos con los gobiernos progresistas de la década del 2000 durante su desempeño como Jefe de Gabinete de Néstor Kirchner. Adicionalmente, existen múltiples puentes formales e informales entre el Frente de Todos y el MAS. Si había un lugar de la región donde iba a estar Evo Morales después del 10 de diciembre era Argentina.

Alberto Fernández ya movió un alfil, pero por ahora debería retener a la reina.

Facundo Cruz, Coordinador Académico de la Licenciatura en Gobierno y Relaciones Internacionales (UADE) 

Un mundo con coaliciones

La segunda chance en Agenda Pública vino de la mano de las coaliciones. Acá no hay mucha intro que hacer: otra vez la burra al trigo (con el tema). Más que nada un ordenamiento de conceptos, ideas y casos ejemplares. En particular me gustó marcar las diferencias entre el viejo continente y el quilombo que somos nosotros de este lado. Acá la original publicada. Gracias de vuelta a Yanina Welp, siempre muy amable.

Un mundo con coaliciones

Si miramos al mundo político tal cual se encuentra hoy podemos decir que una de sus características centrales es la existencia de coaliciones. Abundan por doquier. Al menos, en la sección occidental de este mundo. Y concretamente en la Europa parlamentaria y la América Latina presidencial.

Hablar de coaliciones implica, sin embargo, ordenar el campo semántico. Para utilizar una definición clásica y tradicional, me remito a la formulada por Kaare Strom a comienzos de los ’90 y que introdujo Daniel Chasquetti en Latinoamérica a fines de esa década. Una coalición es un acuerdo entre partidos políticos, que tienen ciertos objetivos comunes, ponen a disposición sus propios recursos para alcanzarlos y, una vez logrados, se reparten los beneficios obtenidos. A estos criterios le agregaría que ese acuerdo escrito o tácito debe tener un grado más o menos aceptable de estabilidad. Una coalición no es un acuerdo favorable para una sola votación parlamentaria por única vez entre dos bloques que no pueden ni verse en una asamblea. Implica un patrón recurrente de interacciones comunes y sostenidas. Y se pueden formar en distintas arenas o dimensiones: la electoral, la de gobierno y/o la legislativa. En una, dos o en todas ellas.

Tres cuestiones conceptuales adicionales. En primer lugar, toda coalición implica una transacción, y como tal requiere de una negociación entre pares. Ceder es la base de todo acuerdo, siempre en pos de un beneficio posterior mayor al presente. Es una apuesta, con sus riesgos. En segundo lugar, esta negociación se logra dado que existe desde el momento inicial cierta complementariedad entre los socios. Esto es, cada uno aporta al otro lo que no tiene y recibe de éste algo que no consigue por sí solo. Son los elementos comunes, los puntos focales donde encontrarse con el otro. En tercer lugar, estos puntos de contacto son la base de los acuerdos, siempre y cuando se definan reglas de convivencia formales o informales. Como en un matrimonio o una pareja que convive. Todo funciona de manera armoniosa si hay reglas, y si se respetan. Sino, a tribunales.

La tradición europea

Ahora, ¿por qué esto es relevante para discutir la política actual? Porque cada vez son más los casos donde distintos sistemas políticos de distintas regiones del mundo están apelando a las coaliciones políticas como una fórmula para resolver los problemas derivados de la fragmentación. Las sociedades se han diversificado, las líneas divisorias se han extendido, expandido y multiplicado, y los actores políticos con capacidad, presencia y recursos han proliferado. Si la heterogeneidad es la práctica, entonces la búsqueda de acuerdos tiene que ser su norma.

En la Europa parlamentaria es una vieja práctica conocida. Hasta diría que es fundante de la política post Segunda Guerra Mundial. La dinámica parlamentaria es única: las coaliciones son de gobierno y se forman con posterioridad a la celebración de las elecciones. Los ciudadanos concurren a las urnas y eligen un menú de opciones de acuerdo a sus propias preferencias. Los votos se cuentan, se asignan las bancas de la legislatura a cada uno y se busca el principio básico de las democracias representativas contemporáneas: la mayoría. Quien suma el 51% del recinto entonces queda habilitado para formar un gobierno.

Pero en sociedades cada vez más fragmentadas la soledad del poder es un bien escaso. Abundan los ejemplos recientes donde países con prácticas bipartidistas tuvieron que hacer cursos intensivos para conformar coaliciones. Reino Unido tuvo su experiencia entre los mayos de 2010 y 2015: la primera desde el gobierno de unidad nacional de Winston Churchill en la Segunda Guerra Mundial. Sin ir muy lejos, España se ha convertido en un laboratorio de intentos coalicionales desde 2016 hasta la fecha con resultados más bien magros. Su vecino Portugal también, aunque con mayores éxitos que fracasos.

El aprendizaje para la Europa continental viene, sin embargo, del norte escandinavo: Suecia y Finlandia tienen doctorados suma cum laude en la formación de gobiernos de coalición. De hecho, los fineses acaban de dar al mundo una muestra más de integración: acaba de formarse el primer gobierno de coalición de 5 partidos liderado por 5 mujeres. Alemania también es parte del club con los liberales alternando entre la CDU-CSU y el SPD, e incluso con las grandes coaliciones entre éstos socios mayoritarios. Italia tiene su tradición, pero abundan más tragedias que estabilidades. Actualmente, de los 28 miembros de la Unión Europea, 18 tienen gobiernos de 2 o más partidos. Los lobos solitarios son la excepción.

Las coaliciones que supimos conseguir

La América Latina bisnieta de su Europa descubridora siguió los mismos pasos en las últimas décadas. Una primera oleada de coaliciones llegaron con los presidentes minoritarios de la década del ’90. Frente a un patrón de inestabilidad gubernamental en ascenso, los titulares de los poderes ejecutivos nacionales buscaron blindarse con escudos legislativos sólidos. Para eso, apelaron a socios con bancas a cambio de cargos en el gabinete presidencial. La fórmula europea. Coalición de gobierno sobre una coalición legislativa.

Sin embargo, una segunda generación de coaliciones abundó cuando esos mismos sistemas políticos que estaban acostumbrados a la comodidad del bipartidismos también comenzaron a fragmentarse. Los acuerdos pasaron a ser electorales: candidatos presidenciales que buscaron apoyos en socios territorialmente relevantes para poder llegar a sus ansiados sillones. En esta instancia, los partidos acordaron crear nuevas etiquetas que simbolizaran su unidad, con distintos logos y colores, repartiéndose las candidaturas a todos los cargos del sistema y acordando una serie de puntos en común bajo el nombre de plataformas electorales. Esta oferta pre-armada implicó negociaciones, acuerdos, tensiones y rompimientos que marcaron un aprendizaje para todos los actores. Mientras más coaliciones tuvieron éxito, más acuerdos proliferaron.

En el Cono Sur fue práctica corriente. La Concertación en Chile nació como una coalición electoral, que posteriormente se convirtió en una de gobierno. Lo mismo que el Frente Amplio en Uruguay. Ambos son casos exitosos de construcción de una nueva identidad programática, de una nueva imagen común y de sostenerse en el tiempo con un alto grado de coordinación e institucionalización interna durante varias décadas. La Concertación, incluso, se amplió con el Partido Comunista y pasó a llamarse Nueva Mayoría.

Brasil y Argentina han alternado penas y glorias. En los primeros no existe formalmente la figura jurídica de la coalición electoral, de modo que los partidos acuerdan definir un candidato presidencial único y organizan una campaña electoral con cierto nivel de coordinación. Con posterioridad a la victoria, viene el reparto de cargos para consolidar gabinetes de coalición. Estas fueron las experiencias de Fernando Enrique Cardoso a mediados de los ’90, Lula Da Silva en los 2000 y Dilma Rousseff en los siguientes años. Éste último caso es, sin dudas, la principal mancha de las coaliciones brasileñas.

Argentina tuvo su primera experiencia con la Alianza. La coalición nació por un acuerdo electoral entre la UCR y el FREPASO para los comicios de mitad de mandato en 1997. El éxito en bancas se tradujo en una campaña conjunta para las presidenciales de 1999. Pero como toda experiencia sin aprendizaje previo terminó con más fallas que logros. La falta de unidad interna para enfrentar la crisis económica impidió a Fernando De La Rúa terminar su mandato de 4 años. Asumió Eduardo Duhalde (PJ), quien llamó a un gran acuerdo nacional para salir de la grave crisis del 2001. Convocó a la UCR, ordenó el terreno y sentó las bases para lo que posteriormente fue la coalición peronista Frente para la Victoria. En el gobierno entre 2003 y 2015 amplió su base de sustentación con más aliados y más socios adentro. Una acuerdo más bien informal que se amplió estando en el gobierno.

Las últimas dos experiencias son más actuales. Cambiemos (UCR, PRO, CC-ARI y aliados provinciales), en el gobierno entre 2015 y 2019, siguió un proceso de construcción distinto al de la Alianza y logró terminar su mandato, incluso con minoría en ambas cámaras. El Frente de Todos es la nueva experiencia coalicional del Peronismo. Hechos los deberes en las elecciones, repartidos los espacios en la arena legislativa y la de gobierno, queda por ver qué tanto servirán las reglas informales de convivencia en esta nueva etapa.

Un cierre que abre

El mundo será, sin dudas, de las coaliciones. Al menos en el mediano plazo podemos olvidar los sistemas bipartidistas donde dos rivales que se reparten todo controlan los principales resortes. Los acuerdos entre distintos actores son una fórmula política ideal para escenarios de diversificación de las identidades partidarias. Si en la diversidad está el valor de la heterogeneidad, en las diferencias está el complemento de los socios. La clave, como todos los casos mencionados indican, está en las reglas, sean formales o informales, escritas o tácitas. Como en toda pareja, implica convivencia. 

Las venas inestables de América Latina

El año pasado América Latina volvió a ser un polvorín. No de golpes de Estado, sino de inestabilidades. Bolivia fue un caso que despertó mucho temor, pero no se quedó sola: Chile, Ecuador e incluso el Brasil mesiánico tambalearon. En esta nota me meto en el barro de las inestabilidades y sus tipos. Salió en Perfil, gracias a Santiago Farrell. Me gustó mucho escribirla: eso de hacer política comparada es divertido (nerd alert). Junto a la nota salió una videoentrevista que armó Jorge Sosa junto a dos colegas amigos.

Las venas inestables de América Latina

América Latina tiene ciclos, oleadas también se le dicen. Las interrupciones democráticas vinieron todas más o menos juntas. También las vueltas a la democracia. A fines de los ’80 y principios de los ’90 fueron fuertes las recesiones económicas producto de la Década Perdida. Unos 10 años después, la inestabilidad de los gobiernos democráticamente electos afectó a varios países, los de la región andina sobre todo pero sin dejar afuera a Argentina. El boom de los commodities fue otra oleada, que trajo bonanza, redistribución y crecimiento.

Ahora entramos en una nueva. La actual inestabilidad política regional no tiene elementos comunes, pero sí un patrón: los gobiernos crujen. Algunos se caen, otros son echados, unos pocos mantienen un delicado equilibrio y otros se asustan. Cada una de las causas que han desatado las actuales crisis son puramente nacionales. Solo tienen en común el timing y la persistencia de crisis políticas profundas que generan polarización extrema en la sociedad. Como si hubiera una sincronía para las crisis, una patria unida.

Puedo sintetizar cuatro tipos de inestabilidad política que derivan en crisis de distinto grado e impacto. Los primeros dos son partes de la historia pasada y reciente de la región, mientras que los dos restantes los estamos viendo en vivo y en directo. En primer lugar, el clásico golpe de Estado que implica un cambio de gobierno (las autoridades) y de régimen político (las reglas de juego). En estos casos, las fuerzas armadas toman por asalto el poder, deponen a las autoridades electas de turno y diseñan un esquema institucional acorde a su ejercicio. Cambian todo el sistema y sus responsables. Duran un período de tiempo considerable, de acuerdo a las relaciones de fuerza interna, el contexto internacional y sus propios objetivos estratégicos. Ejemplos abundan durante las décadas del ’50, ’60, ’70 y ’80 en toda América Latina, en especial en el cono sur.

En segundo lugar, los procesos de juicio político. Tal como explica Aníbal Pérez Liñán, este nuevo patrón de inestabilidad inundó la década de los ’90. A diferencia del tipo anterior, no implica un cambio de régimen político pero sí de gobierno. Estos procesos suelen ser conflictivos y tensionan las instituciones políticas, pero se sigue y se respetan las reglas establecidas en la constitución para cambiar al responsable del Poder Ejecutivo. El más reciente y más debatido fue el de Dilma Rousseff, cuestionado por las causas, el método y los promotores del proceso. También puede aplicar el caso de Martín Vizcarra en Perú bajo la figura de vacancia: a diferencia de la sucesora de Lula, él sobrevivió.

Un tercer tipo de inestabilidad combina elementos de los dos anteriores. Las autoridades son removidas de su cargo a partir de un procedimiento coactivo y sus reemplazos en el cargo son de discutible legalidad. Este proceso de recambio suele buscar (y tensionar) un anclaje legal para justificar la medida adoptada y construir legitimidad en las nuevas autoridades. No hay un cambio de régimen, pero si un recambio forzado de gobierno: son golpes nuevos. Las fuerzas armadas y de seguridad interior, junto a movimientos sociales opositores, son el resguardo de poder. El más reciente es el caso de Bolivia con la destitución de Evo Morales. Pero también se recuerda el caso de Manuel Zelaya en Honduras en 2009.

El cuarto tipo es donde se salvan las autoridades, de manera definitiva o, al menos, temporal. Esto no es nuevo, solo resurge cuando las crisis sociales o económicas dan pie a crisis políticas importantes. En estos casos no cambian ni el gobierno ni las reglas de juego. La sociedad civil reclama, el Poder Ejecutivo responde y mantiene la coalición gobernante unida. Casi siempre implica una fuerte represión y una lucha por la calle. Esto se debe a que las fuerzas armadas y de seguridad interior mantienen fidelidad al gobierno de turno. Ejemplos actuales son los de Chile en este segundo gobierno de Sebastián Piñera y el primero de Lenin Moreno en Ecuador.

Estos últimos dos tipos de inestabilidad evolucionan día a día. Aún no sabemos qué camino puede tomar Bolivia: si el tipo clásico de golpe de Estado, o bien una dualidad gubernamental con legitimidades en disputa como Venezuela. Por su parte, Chile y Ecuador bien pueden sufrir escaladas que deriven en cambios de gobierno. Dependerá de la fortaleza de la oleada, de lo que se lleve puesto y de lo que deje a su paso. Es América Latina, lo lleva en sus venas.

Dr. Facundo Cruz, Coordinador Académico de la Licenciatura en Gobierno y Relaciones Internacionales de UADE 

La merma por derecha

El segundo tema que me quitó el sueño en las elecciones 2019 fue la oferta electoral y cómo impactó en la distribución de los votos. Aparecieron coaliciones a la derecha de Cambiemos que, cuando nadie lo esperaba ni nadie se lo imaginaba, impactaron en el desempeño del Gobierno Nacional en las PASO 2019. Hubo merma por derecha, sin dudas. Sumé gráficos y un esquema visual para ver dónde se ubicaron todos. Repetí en Cenital, gracias por el espacio de vuelta.

La merma por derecha

El agosto negro de Cambiemos tuvo dos grandes causas: el voto económico y la unidad del Peronismo. Como resaltó María Esperanza Casullo la semana pasada, los electores evaluaron y ponderaron la gestión presidencial. Esto se sintió con más fuerza en los distritos urbanos. Pero hay un tercer factor que impactó en la diferencia de votos entre el Frente de Todos y Juntos por el Cambio: las candidaturas presidenciales de José Luis Espert y Juan José Gómez Centurión. El gobierno se asustó en junio y parecía que exageraba. Agosto lo pagó caro.

¿Por qué? Pierre Ostiguy escribió en 1997 que la política argentina es bidimensional: hay izquierdas y hay derechas, pero también hay populismo (alto) y antipopulismo (bajo). De modo que lo que en política se entiende como dos posiciones acá se lee como cuatro al cruzar ambos ejes. Los candidatos y sus coaliciones se colocan en cada uno de esos cuadrantes para captar votos. El big data¸ los focus groups y el puerta a puerta les permite captar cuál es el ánimo general de los ciudadanos y dónde se ubica la mayoría del electorado.

Este esquema puede ser aggiornado al contexto actual de modo que podemos ubicar a las diez coaliciones presidenciales que se presentaron a las PASO en cada uno de esos cuadrantes (le agrego la opción de centro a cada eje). El siguiente cuadro no necesariamente indica cómo el votante percibe a los candidatos, pero sí qué propuso cada uno en la campaña.

Fuente: @facucruz en base al texto de Pierre Ostiguy. Nota: al aplicar este esquema a Argentina se tiende a asociar la dimensión “alto” al antiperonismo y la “baja” al peronismo.

La tabla muestra dos problemas que se generaron para el gobierno nacional. Primero la figura repetida de que un Peronismo unido difícilmente es vencido. Esta es la clave para octubre: ningún competidor cerca y terreno importante para crecer hacia arriba dentro de la izquierda y hacia el centro dentro de lo bajo. Segundo, que los Josés corrieron por derecha a Juntos por el Cambio. Espert desde el liberalismo, Centurión desde valores conservadores. Ambas coaliciones, NOS y Unite, capturaron proporciones de votos marginales pero llamativas. Los cuales no necesariamente se hubieran volcado hacia Mauricio Macri, pero sí podrían haber encontrado en su oferta electoral el mejor de los peores mundos posibles. Ambos problemas estuvieron ausentes en 2015.

Al ver la distribución territorial del voto, cualquier analista puede desestimar la importancia de NOS y Unite. En el siguiente gráfico se puede ver la proporción que recibieron las diez fórmulas presidenciales en cada una de las 24 provincias.

Fuente: @facucruz en base a escrutinio definitivo.

Liberales y conservadores azules claros y celestes no son mayoría, pero sí son intensos. Acá es importante ver el detalle, no la big picture. La sumatoria de NOS y Unite llegó al 5% a nivel nacional: esto es más de 1,17 millones de votos. Nada mal para los nuevos Josés. ¿De dónde vinieron esos votos? La tabla siguiente da algunos detalles. NOS tuvo apoyos más parejos entre provincias chicas y grandes, mientras que Unite tuvo un voto metropolitano más fuerte. De no haber tenido competencia, Juntos por el Cambio hubiera acumulado cerca 9 millones de votos. Pero mi abuela es mi abuela y mi abuelo mi abuelo.


Fuente: @facucruz en base a escrutinio definitivo. Las 5 provincias metropolitanas son Buenos Aires, CABA, Córdoba, Santa Fe y Mendoza. Las 19 restantes son las periféricas.

Aumentemos el foco. Sacando al Frente de Todos, Juntos por el Cambio y Consenso Federal, el siguiente gráfico muestra la distribución regional del voto para 7 de las 10 fórmulas presidenciales. Todas ellas suman poco más de 2.1 millones de votos.

Fuente: @facucruz en base a escrutinio definitivo.

Gómez Centurión pisó fuerte en Corrientes, Chaco, Formosa, Tucumán, Santiago del Estero, Salta y Jujuy. Un norte celeste. Espert, en cambio, se atrincheró con su prédica impositiva anti-Estado en CABA, Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos, que son distritos más urbanos. Cada uno apuntó a un electorado, alistó la tropa y sumó candidatos. Para ser la primera vez, rindió. Bastante mejor de lo pensado. Jugada maestra será si, como dice una profesora gringa, suman diputados intensos en octubre provenientes de esos mismos distritos.

En términos generales, tanto NOS como Unite fueron importantes por dos motivos. En primer lugar, porque apostaron a un electorado que tiene puntos de contacto con la propuesta del Gobierno Nacional. La primera vez que compitieron abiertamente, lograron saltar la valla de las PASO y amasar una cantidad de votos destacada. En segundo lugar, porque esa misma masa no hubiera permitido al oficialismo ganar las elecciones, pero sí quedar más cerca del vencedor. Otro hubiera sido el escenario, nadie hablaría de transición, y Andahazi aún estaría en Twitter.

El problema de la diferencia de 15 puntos no fue el pasaje del medio de Consenso Federal: ese voto ya viene bollando desde 2015. El problema fue la merma por derecha, porque perder a los propios sin hablarle a los otros es un arma de doble filo.

En política siempre se aprende, aunque cueste otro mandato.